Orfeo y los nuevos misterios
Dionisios, dios primitivo que simbolizaba la esperanza de renacimiento para los hombres, era también considerado la divinidad de la naturaleza y de la vegetación. Gracias a Dionisios cada primavera la vida retornaba de nuevo a la tierra y pronto sus seguidores instauraron solemnes fiestas públicas en honor a esta divinidad con las que pretendían contribuir a la regulación del propio curso de la naturaleza.
En estas grandes fiestas dionisíacas tiene sus orígenes el teatro griego, cuyas primeras raíces se confunden con los cantos que los hombres entonaban a Dionisios en estas celebraciones. Este era el aspecto público, popular, de los cultos dionisíacos. Carácter secreto tenían, sin embargo, los propios cultos mistéricos, con los que los iniciados pretendían asegurarse una inmortalidad feliz tras la muerte.
Es posible que Orfeo, apasionante personaje de la mitología griega como veremos, pudiera haber existido realmente. Quizás fue, incluso, un sacerdote de los cultos de Dionisios, que después de haber tenido acceso a los conocimientos secretos del más allá decidió replantear los propios ritos mistéricos dionisíacos.
Hasta que Orfeo surgió en escena, los cultos dionisíacos estuvieron impregnados de un notable componente de salvajismo, plasmado en las orgías de las bacantes y en las furiosas y delirantes matanzas de animales o incluso de personas, como antes ya apuntamos. No de otro modo se puede calificar que para conseguir la comunión con la divinidad los iniciados precisaran ingerir la carne todavía viva de la víctima. Una vez que surgió la figura de Orfeo todo parece sugerir que ese componente de salvajismo fue cayendo en el olvido y los cultos dionisíacos se fueron impregnando de elevadas dosis de ascetismo, moralidad y ansia plena de fusión con la divinidad.
Orfeo y Eurídice
Hijo de Caliope, musa de la Elocuencia, la Poesía y el Ritmo, y de Eagro, rey de Tracia, Orfeo habría sido según nos dice la mitología un poeta y músico inigualable que habría perfeccionado la lira de siete cuerdas, propia de Apolo, incorporándola dos cuerdas más como homenaje a las nueve musas. Con el nuevo instrumento musical Orfeo emitía unos sonidos tan melodiosos que se dice que llegaban a conmover a los animales, a las plantas e incluso a las propias rocas.
Según explica un mito de origen antiguo, Orfeo habría descendido al Hades en busca de su esposa, la ninfa Eurídice, cuando esta encontró la muerte, de modo que en su aspecto más popular en el mito de Orfeo se desarrollaba el asunto de un amor que es capaz de traspasar esas terribles fronteras del más allá. Se dice que ante sus sentidos versos todo el Reino de los Muertos sucumbió. Los suplicios que se aplicaban a las almas impuras cesaron e incluso el temible perro Cerbero se habría amansado ante las melodías de Orfeo. Hades y Perséfone acudieron conmovidos y finalmente accedieron a que Eurídice abandonara el mundo de las sombras y retornara a la vida. Desgraciadamente, habían impuesto la condición de que en el viaje de regreso a nuestro mundo Orfeo nunca volviera su vista hacia atrás, de modo que una mirada dirigida en el último momento a Eurídice, que le seguía, hizo que roto el compromiso con Hades la ninfa volviera al más allá y Orfeo la perdiera para siempre.
La tradición sostiene que Orfeo, al igual que antes Dionisios, habría viajado a Egipto en su juventud, en donde habría sido iniciado en los cultos mistéricos. Autores posteriores, entre ellos Heródoto, habrían de sostener que algunas grandes ideas como la de la transmigración de las almas o el proceso de purificación del alma tendrían su origen en esos momentos de iniciación de Orfeo en el país del Nilo.
El mito sostiene que Orfeo habría de encontrar la muerte, una vez que había perdido a Eurídice, despedazado a manos de un grupo de mujeres tracias, bacantes, que seguían llevando a cabo todavía en esos tiempos esos ritos de origen prehelénico en los que Orfeo habría sido ejecutado ritualmente. Estaríamos todavía en el contexto de unas seguidoras de Dionisios cuyas creencias seguían vinculadas con antiguos contextos de olvidadas sociedades neolíticas de tipo matriarcal.
Parece que existieron varios motivos que podrían justificar esa muerte violenta de Orfeo a manos de las bacantes. Se habla, de un lado, de una posible venganza de los dioses, que no podían tolerar que un humano hubiera tenido conocimientos en vida acerca de los secretos inmensos del Reino de los Muertos; se dice, también, que Orfeo, tras su regreso del Hades, habría instituido unos nuevos misterios, que habrían modificado sustancialmente los propios misterios de Dionisios, lo que resultaría inadmisible para las ménades. En todo caso, las nuevas enseñanzas de Orfeo rechazaban los sacrificios sangrientos, tanto de animales como de personas, de modo que con ellas los tradicionales misterios de Dionisios habrían perdido sus aspectos más irracionales y se habrían impregnado de algunas de las más significadas virtudes apolíneas.
Antes ya comentamos que todo parece sugerir que Orfeo pudo ser un personaje real que habría sido sacerdote del culto dionisíaco, además de poeta y músico. Este individuo habría tenido acceso a nuevos conocimientos iniciáticos sobre el más allá, quizás en Egipto o en Oriente, y se propuso modificar los antiguos misterios dotándolos ahora de unos componentes racionales (negando los sacrificios o la posibilidad incluso de comer carne, debido a la idea de la transmigración de las almas, de la que más adelante hablaremos) y místicos (creencia en una divinidad superior de la que Dionisios sería una emanación, de modo que todos los hombres estarían impregnados de un componente divino que los iniciados debían aprender a liberar a lo largo de su vida, para poder acceder así a lo que los órficos llamaban “inmortalidad feliz”).
Iniciación y muerte
Con Orfeo, los misterios de Dionisios, dios de los sentidos, cuya carne cruda encarnada en un animal devoraban sus primitivos seguidores, se elevaron en su componente de misticismo y Apolo (Helios, el Brillante), divinidad de la inteligencia, pasó a ser considerado como el dios más grande de todas las divinidades, el Uno entre los múltiples. Quizás se evidencia aquí la influencia egipcia, en cuyos misterios existía también una divinidad suprema (Atum-Ra, igualmente el Sol), de la que Osiris era también una de sus manifestaciones. Noticias de escritores posteriores sostienen esa influencia: “Los castigos de los impíos en el Hades –nos dirá Diodoro-, las praderas de los bienaventurados y las escenas imaginarias representadas por tantos autores, los introdujo Orfeo a imitación de los ritos funerarios egipcios”.
Posiblemente algunos de esos cambios, que debieron producirse en el entorno del siglo VI a.C., no fueron del agrado de las bacantes más tradicionales. Ello habría motivado la violenta muerte de Orfeo, profeta de una nueva religión de salvación en cuyos misterios iba tomando especial protagonismo al papel desempeñado por los hombres.
Para los no iniciados en esos nuevos misterios no existían esperanzas de una supervivencia feliz en el más allá tras la muerte. Un poema de Safo de Lesbos nos lo confirma:
“Después de que mueras, yacerás sin que nadie te recuerde
o por ti se duela, pues no gozastes las rosas de
Pieria. Ignorada también en la casa del Hades,
flotarás errabunda entre los oscuros muertos…”
En estos versos Safo nos habla de una mujer que habría fallecido sin haber tenido conocimiento de los misterios órficos, sin haber gozado de “las rosas de Pieria”. Durante la eternidad habrá de vagar errabunda entre los muertos oscuros, nos dice. Pieria, precisamente, era una comarca situada al sur de Macedonia en donde se rendía culto a Orfeo y a las Musas, también denominadas Pierides.
En contra de lo habitual, ya que estaba prohibido divulgar entre los no iniciados las enseñanzas mistéricas, Plutarco (Moralia) nos ha legado información acerca de lo que debía suceder en esas iniciaciones, comparando las sensaciones que vivía el iniciado con la propia experiencia de la muerte. Veámoslo en cita de Díez de Velasco:
“En este mundo (el alma) no tiene conocimiento, excepto cuando está en el trance de la muerte; puesto que cuando ese momento llega, sufre una experiencia como la de las personas que están sometiéndose a la iniciación en los grandes misterios; además los verbos morir (teleutân) y ser iniciado (teleîsthai) y las acciones que significan, tienen una similitud. Al principio está perdido y corre de un lado para otro de un modo agotador, en la oscuridad, con la sospecha de no llegar a ninguna parte; y antes de alcanzar la meta soporta todo el terror posible, el escalofrío, el miedo, sudor y estupor. Pero después una luz maravillosa le alcanza y le dan la bienvenida lugares de pureza y praderas en los que le rodean sonidos y danzas y la solemnidad de músicas sagradas y visiones santas. Y después, el que ha completado lo anterior, a partir de ese momento convertido en un ser libre y liberado, coronado de guirnaldas, celebra los misterios acompañado de los hombres puros y santos y contempla a los no iniciados, la masa impura de seres vivientes que se revuelcan en el fango y sufren aplastándose entre ellos en la oscuridad, aterrados por la muerte, incrédulos ante la posibilidad de la bienaventuranza en el más allá.”
Gracias a la experiencia iniciática y a los conocimientos a los que se accedía el hombre tomaba conciencia de que tras su muerte le esperaba una existencia feliz en el más allá, llegando a comprender que su alma participaba de la naturaleza divina. Una inscripción funeraria del siglo II d.C., de clara inspiración órfica, citada por A. Bernabé (Textos órficos, número 73), nos confirma esas expectativas del difunto iniciado en los misterios:
“A Eliano, hombre bueno y prudente, dedicó esta tumba su padre tributando honras fúnebres a su cuerpo mortal. Pero su corazón inmortal se alzó hasta la morada de los Felices, pues el alma vive siempre, la que procura la vida y de los dioses desciende. Contén, pues, padre, tus lamentos; contén, madre, a mis hermanos. El cuerpo es túnica del alma, Así que venera al dios que hay en mí.”
El cuerpo como prisión
No es fácil rastrear donde buscaron inspiración los antiguos místicos helenos, entre los que incluimos a Orfeo, para desarrollar su teoría de la transmigración de las almas. Desde tiempos antiguos se pensaba que los humanos arrastraban las consecuencias de un grave crimen que se había cometido contra la divinidad y en la pena impuesta por ese pecado encontraba justificación, precisamente, la idea de que el alma inmortal debía encarnarse en vidas posteriores hasta quedar purificada, momento en el que podría escapar a la rueda de las sucesivas encarnaciones. Ese retorno del alma a la carne podía tomar forma tanto en otro hombre como en un animal, de acuerdo con las singularidades que hubieran distinguido al individuo en su vida anterior.
En la iniciación órfica se pensaba que ese crimen cuyas consecuencias tenían que pagar las almas de los hombres no era otro sino la muerte de Dionisios niño a manos de los Titanes, asunto mitológico del que ya antes tuvimos oportunidad de hablar. Un texto de Plutarco, De esu carn., I–7, citado por Bernabé en Textos órficos, número 93, confirma esas creencias de los seguidores de Orfeo. Plutarco, que está citando a Empédocles, sostiene en ese texto que:
“Afirma (Empédocles) alegóricamente que las almas, por pagar el castigo por el derramamiento de sangre, la devoración de carne y comerse unos a otros, están atadas a cuerpos mortales. En realidad esta doctrina parece más antigua, pues los padecimientos del desmembramiento que el mito cuenta con respecto a Dionisios y las acciones audaces llevadas a cabo contra él por los Titanes, que probaron su sangre y los castigos de éstos y las fulminaciones todo eso es un mito que tiene un significado oculto con respecto a la serie de renacimientos. Y es que lo que hay en nosotros de irracional, desordenado y violento, de no divino e incluso de demónico, los antiguos lo llamaron “Titanes”, es decir los que son castigados y pagan condena.”
El iniciado en los misterios era consciente de que en el hombre existe un dualismo entre el alma, cuya esencia es divina e inmortal, y el cuerpo, que era concebido como una prisión en la que el alma estaba encerrada mientras la persona desarrollaba su existencia en esta vida. La causa de que el alma estuviera atrapada en la materia se justificaba en esa necesidad de expiar un antiguo pecado cometido contra la divinidad. A través del proceso iniciático el individuo iba accediendo a un conocimiento que le permitía comprender el papel que el hombre juega en la creación. Gracias a unos ritos que estaba prohibido divulgar a los profanos se facilitaba la liberación del espíritu, lo que unido a un modo de vida impregnado de ascetismo y piedad contribuía a que el hombre pudiese avanzar en el proceso de purificación de su alma.
Desde tiempos antiguos los iniciados sabían que Orfeo había dado a sus enseñanzas un componente simbólico y oculto, de modo que no podían ser entendidas por los hombres comunes. “Hablaré a quienes es lícito; cerrad las puertas, profanos” –dice el primer verso del Papiro de Derveni-. Estaba prohibido que los no iniciados pudieran escuchar o leer los textos órficos. Orfeo legisló sus conocimientos no para la mayoría de la gente, sino que enseñaba solamente a los que eran puros en la escucha.
Antes ya comentamos que en los ritos órficos existía una oposición frontal a todo aquello que implicara derramamiento de sangre. No se admitía el sacrificio de animales y mucho menos de hombres. Eran unos rituales en los que se intentaba explicar simbólicamente como el alma debía conseguir su liberación. Para ello se utilizaba a modo de metáfora la acción de soltar a un pájaro que al alzar su vuelo a los cielos simbolizaba al alma que salía de la materia. En el curso de esos ritos se hacían también libaciones de agua y leche y se hacían ofrendas de tortas que eran quemadas para complacer tanto a la propia divinidad como a los démones hostiles, acerca de los cuales se tenía la creencia de que el hombre debía intentar apaciguarlos para evitar que obstaculizaran los benéficos efectos de los sacrificios.
En el Papiro Derveni (T-114 y T-117) encontramos algunas referencias acerca de estos démones, concebidos como almas de difuntos no bendecidos que no habían conseguido purificarse y que vagaban errantes poblándolo todo y observando las acciones de los hombres.
En los escritos órficos es también frecuente encontrar alusiones a los terrores que en el Hades han de amenazar a los fallecidos no purificados. Allí, convertidos en sombras errantes habrían de sufrir terribles padecimientos, nos dice el T-116 del Papiro Derveni, todos aquellos cuya existencia hubiese estado vencida por el error y el placer. El iniciado en los misterios, gracias a los conocimientos y experiencias que alcanzaba, pretendía garantizarse que cuando le llegase la muerte su alma, plenamente liberada, consiguiera evitar esos padecimientos que habrían de amenazarle en el Hades, de modo que fuera capaz de alcanzar, evitando la amenaza de la reencarnación, una existencia feliz para toda la eternidad fusionándose en la esencia de la divinidad.
El ritual órfico de Pina Bausch en la Ópera de París
Roger Salas
En este mundo atroz de hoy, tan lleno de vanidad, falsos triunfos efímeros y donde tantas causas perdidas mueven a risa, Pina Bausch líquidamente nos transporta a lo esencial con esta obra a la que ya sin esfuerzo consideramos un "clásico" en toda regla. Ha sido anteayer la puesta de largo en la Ópera de París del Orfeo y Eurídice de Gluck en el formato de ópera-danzada que la coreógrafa alemana creara en 1975 en Wuppertal y que el 30 de mayo de 2005 se puso por primera vez en Garnier con ciertas dudas de su permanencia y oportunidad. Han pasado tres años y estas funciones son las de consolidación en el programa activo, el asentamiento de un repertorio tangencial y acaso extraño a la magna casa parisiense, pero que al final resulta soberbio en lo artístico y pleno en sus resultados.
La nueva generación que forma el reparto da una lección de entrega y energía a la par de cantantes, coro y orquesta. El canto órfico de amor y muerte es mostrado a través de una lectura ceremonial, tensa y donde los cuerpos van formando túmulos funerarios que se animan luego en un baile airado, de respiración profunda, de incertidumbre y de viaje a las tinieblas, un ejercicio sin redención posible ni siquiera desde las cimas del arte, creando así un Orfeo plural, colectivo.
El corolario tantas veces esgrimido por Pina de que la danza es una, encuentra aquí una demostración triangular, los ejes cardinales que van de los intérpretes al resumen estético pasando por el mito. ¿Por qué creemos hoy que esta pieza es un clásico? Pues porque en su lectura ya aparecen formas y funciones que luego, a lo largo de tres décadas, han ido apareciendo aquí y allá en los más diversos escenarios de la danza y el ballet contemporáneos. En Pina la síntesis se proyecta como anticipación. Hasta la manzana que cuelga de un hilo invisible, Forsythe la corrompe, la pinta de dorado 20 años después sobre este mismo escenario; la escena, el tratamiento de la luz y los trajes, la gallardía ceremonial que se transforma en una sorda tensión dramática. El estilo Bausch ya estaba entonces formado, clarificado, y en él se ve la línea Kurt Jooss-Jean Cebron discurriendo expositivamente y se atreve uno a sugerir, viajando hacia atrás, hasta los coros femeninos de Mary Wigman. Es difícil que este éxito se olvide fácilmente y que estos bailarines no sean laureados por su hermosísimo trabajo: Yann Bridard (Orfeo / El amor), Eleonora Abbagnato (Eurídice / La muerte) y también Vincent Chaillet, Vincent Cordier y el potente Alexis Renaud. Sobre cualquier teorización, la buena danza se impone; los bailarines clásicos ofrecen una riqueza de matices a la lectura que la hace deliciosa en su intensidad.
Dionisios, dios primitivo que simbolizaba la esperanza de renacimiento para los hombres, era también considerado la divinidad de la naturaleza y de la vegetación. Gracias a Dionisios cada primavera la vida retornaba de nuevo a la tierra y pronto sus seguidores instauraron solemnes fiestas públicas en honor a esta divinidad con las que pretendían contribuir a la regulación del propio curso de la naturaleza.
En estas grandes fiestas dionisíacas tiene sus orígenes el teatro griego, cuyas primeras raíces se confunden con los cantos que los hombres entonaban a Dionisios en estas celebraciones. Este era el aspecto público, popular, de los cultos dionisíacos. Carácter secreto tenían, sin embargo, los propios cultos mistéricos, con los que los iniciados pretendían asegurarse una inmortalidad feliz tras la muerte.
Es posible que Orfeo, apasionante personaje de la mitología griega como veremos, pudiera haber existido realmente. Quizás fue, incluso, un sacerdote de los cultos de Dionisios, que después de haber tenido acceso a los conocimientos secretos del más allá decidió replantear los propios ritos mistéricos dionisíacos.
Hasta que Orfeo surgió en escena, los cultos dionisíacos estuvieron impregnados de un notable componente de salvajismo, plasmado en las orgías de las bacantes y en las furiosas y delirantes matanzas de animales o incluso de personas, como antes ya apuntamos. No de otro modo se puede calificar que para conseguir la comunión con la divinidad los iniciados precisaran ingerir la carne todavía viva de la víctima. Una vez que surgió la figura de Orfeo todo parece sugerir que ese componente de salvajismo fue cayendo en el olvido y los cultos dionisíacos se fueron impregnando de elevadas dosis de ascetismo, moralidad y ansia plena de fusión con la divinidad.
Orfeo y Eurídice
Hijo de Caliope, musa de la Elocuencia, la Poesía y el Ritmo, y de Eagro, rey de Tracia, Orfeo habría sido según nos dice la mitología un poeta y músico inigualable que habría perfeccionado la lira de siete cuerdas, propia de Apolo, incorporándola dos cuerdas más como homenaje a las nueve musas. Con el nuevo instrumento musical Orfeo emitía unos sonidos tan melodiosos que se dice que llegaban a conmover a los animales, a las plantas e incluso a las propias rocas.
Según explica un mito de origen antiguo, Orfeo habría descendido al Hades en busca de su esposa, la ninfa Eurídice, cuando esta encontró la muerte, de modo que en su aspecto más popular en el mito de Orfeo se desarrollaba el asunto de un amor que es capaz de traspasar esas terribles fronteras del más allá. Se dice que ante sus sentidos versos todo el Reino de los Muertos sucumbió. Los suplicios que se aplicaban a las almas impuras cesaron e incluso el temible perro Cerbero se habría amansado ante las melodías de Orfeo. Hades y Perséfone acudieron conmovidos y finalmente accedieron a que Eurídice abandonara el mundo de las sombras y retornara a la vida. Desgraciadamente, habían impuesto la condición de que en el viaje de regreso a nuestro mundo Orfeo nunca volviera su vista hacia atrás, de modo que una mirada dirigida en el último momento a Eurídice, que le seguía, hizo que roto el compromiso con Hades la ninfa volviera al más allá y Orfeo la perdiera para siempre.
La tradición sostiene que Orfeo, al igual que antes Dionisios, habría viajado a Egipto en su juventud, en donde habría sido iniciado en los cultos mistéricos. Autores posteriores, entre ellos Heródoto, habrían de sostener que algunas grandes ideas como la de la transmigración de las almas o el proceso de purificación del alma tendrían su origen en esos momentos de iniciación de Orfeo en el país del Nilo.
El mito sostiene que Orfeo habría de encontrar la muerte, una vez que había perdido a Eurídice, despedazado a manos de un grupo de mujeres tracias, bacantes, que seguían llevando a cabo todavía en esos tiempos esos ritos de origen prehelénico en los que Orfeo habría sido ejecutado ritualmente. Estaríamos todavía en el contexto de unas seguidoras de Dionisios cuyas creencias seguían vinculadas con antiguos contextos de olvidadas sociedades neolíticas de tipo matriarcal.
Parece que existieron varios motivos que podrían justificar esa muerte violenta de Orfeo a manos de las bacantes. Se habla, de un lado, de una posible venganza de los dioses, que no podían tolerar que un humano hubiera tenido conocimientos en vida acerca de los secretos inmensos del Reino de los Muertos; se dice, también, que Orfeo, tras su regreso del Hades, habría instituido unos nuevos misterios, que habrían modificado sustancialmente los propios misterios de Dionisios, lo que resultaría inadmisible para las ménades. En todo caso, las nuevas enseñanzas de Orfeo rechazaban los sacrificios sangrientos, tanto de animales como de personas, de modo que con ellas los tradicionales misterios de Dionisios habrían perdido sus aspectos más irracionales y se habrían impregnado de algunas de las más significadas virtudes apolíneas.
Antes ya comentamos que todo parece sugerir que Orfeo pudo ser un personaje real que habría sido sacerdote del culto dionisíaco, además de poeta y músico. Este individuo habría tenido acceso a nuevos conocimientos iniciáticos sobre el más allá, quizás en Egipto o en Oriente, y se propuso modificar los antiguos misterios dotándolos ahora de unos componentes racionales (negando los sacrificios o la posibilidad incluso de comer carne, debido a la idea de la transmigración de las almas, de la que más adelante hablaremos) y místicos (creencia en una divinidad superior de la que Dionisios sería una emanación, de modo que todos los hombres estarían impregnados de un componente divino que los iniciados debían aprender a liberar a lo largo de su vida, para poder acceder así a lo que los órficos llamaban “inmortalidad feliz”).
Iniciación y muerte
Con Orfeo, los misterios de Dionisios, dios de los sentidos, cuya carne cruda encarnada en un animal devoraban sus primitivos seguidores, se elevaron en su componente de misticismo y Apolo (Helios, el Brillante), divinidad de la inteligencia, pasó a ser considerado como el dios más grande de todas las divinidades, el Uno entre los múltiples. Quizás se evidencia aquí la influencia egipcia, en cuyos misterios existía también una divinidad suprema (Atum-Ra, igualmente el Sol), de la que Osiris era también una de sus manifestaciones. Noticias de escritores posteriores sostienen esa influencia: “Los castigos de los impíos en el Hades –nos dirá Diodoro-, las praderas de los bienaventurados y las escenas imaginarias representadas por tantos autores, los introdujo Orfeo a imitación de los ritos funerarios egipcios”.
Posiblemente algunos de esos cambios, que debieron producirse en el entorno del siglo VI a.C., no fueron del agrado de las bacantes más tradicionales. Ello habría motivado la violenta muerte de Orfeo, profeta de una nueva religión de salvación en cuyos misterios iba tomando especial protagonismo al papel desempeñado por los hombres.
Para los no iniciados en esos nuevos misterios no existían esperanzas de una supervivencia feliz en el más allá tras la muerte. Un poema de Safo de Lesbos nos lo confirma:
“Después de que mueras, yacerás sin que nadie te recuerde
o por ti se duela, pues no gozastes las rosas de
Pieria. Ignorada también en la casa del Hades,
flotarás errabunda entre los oscuros muertos…”
En estos versos Safo nos habla de una mujer que habría fallecido sin haber tenido conocimiento de los misterios órficos, sin haber gozado de “las rosas de Pieria”. Durante la eternidad habrá de vagar errabunda entre los muertos oscuros, nos dice. Pieria, precisamente, era una comarca situada al sur de Macedonia en donde se rendía culto a Orfeo y a las Musas, también denominadas Pierides.
En contra de lo habitual, ya que estaba prohibido divulgar entre los no iniciados las enseñanzas mistéricas, Plutarco (Moralia) nos ha legado información acerca de lo que debía suceder en esas iniciaciones, comparando las sensaciones que vivía el iniciado con la propia experiencia de la muerte. Veámoslo en cita de Díez de Velasco:
“En este mundo (el alma) no tiene conocimiento, excepto cuando está en el trance de la muerte; puesto que cuando ese momento llega, sufre una experiencia como la de las personas que están sometiéndose a la iniciación en los grandes misterios; además los verbos morir (teleutân) y ser iniciado (teleîsthai) y las acciones que significan, tienen una similitud. Al principio está perdido y corre de un lado para otro de un modo agotador, en la oscuridad, con la sospecha de no llegar a ninguna parte; y antes de alcanzar la meta soporta todo el terror posible, el escalofrío, el miedo, sudor y estupor. Pero después una luz maravillosa le alcanza y le dan la bienvenida lugares de pureza y praderas en los que le rodean sonidos y danzas y la solemnidad de músicas sagradas y visiones santas. Y después, el que ha completado lo anterior, a partir de ese momento convertido en un ser libre y liberado, coronado de guirnaldas, celebra los misterios acompañado de los hombres puros y santos y contempla a los no iniciados, la masa impura de seres vivientes que se revuelcan en el fango y sufren aplastándose entre ellos en la oscuridad, aterrados por la muerte, incrédulos ante la posibilidad de la bienaventuranza en el más allá.”
Gracias a la experiencia iniciática y a los conocimientos a los que se accedía el hombre tomaba conciencia de que tras su muerte le esperaba una existencia feliz en el más allá, llegando a comprender que su alma participaba de la naturaleza divina. Una inscripción funeraria del siglo II d.C., de clara inspiración órfica, citada por A. Bernabé (Textos órficos, número 73), nos confirma esas expectativas del difunto iniciado en los misterios:
“A Eliano, hombre bueno y prudente, dedicó esta tumba su padre tributando honras fúnebres a su cuerpo mortal. Pero su corazón inmortal se alzó hasta la morada de los Felices, pues el alma vive siempre, la que procura la vida y de los dioses desciende. Contén, pues, padre, tus lamentos; contén, madre, a mis hermanos. El cuerpo es túnica del alma, Así que venera al dios que hay en mí.”
El cuerpo como prisión
No es fácil rastrear donde buscaron inspiración los antiguos místicos helenos, entre los que incluimos a Orfeo, para desarrollar su teoría de la transmigración de las almas. Desde tiempos antiguos se pensaba que los humanos arrastraban las consecuencias de un grave crimen que se había cometido contra la divinidad y en la pena impuesta por ese pecado encontraba justificación, precisamente, la idea de que el alma inmortal debía encarnarse en vidas posteriores hasta quedar purificada, momento en el que podría escapar a la rueda de las sucesivas encarnaciones. Ese retorno del alma a la carne podía tomar forma tanto en otro hombre como en un animal, de acuerdo con las singularidades que hubieran distinguido al individuo en su vida anterior.
En la iniciación órfica se pensaba que ese crimen cuyas consecuencias tenían que pagar las almas de los hombres no era otro sino la muerte de Dionisios niño a manos de los Titanes, asunto mitológico del que ya antes tuvimos oportunidad de hablar. Un texto de Plutarco, De esu carn., I–7, citado por Bernabé en Textos órficos, número 93, confirma esas creencias de los seguidores de Orfeo. Plutarco, que está citando a Empédocles, sostiene en ese texto que:
“Afirma (Empédocles) alegóricamente que las almas, por pagar el castigo por el derramamiento de sangre, la devoración de carne y comerse unos a otros, están atadas a cuerpos mortales. En realidad esta doctrina parece más antigua, pues los padecimientos del desmembramiento que el mito cuenta con respecto a Dionisios y las acciones audaces llevadas a cabo contra él por los Titanes, que probaron su sangre y los castigos de éstos y las fulminaciones todo eso es un mito que tiene un significado oculto con respecto a la serie de renacimientos. Y es que lo que hay en nosotros de irracional, desordenado y violento, de no divino e incluso de demónico, los antiguos lo llamaron “Titanes”, es decir los que son castigados y pagan condena.”
El iniciado en los misterios era consciente de que en el hombre existe un dualismo entre el alma, cuya esencia es divina e inmortal, y el cuerpo, que era concebido como una prisión en la que el alma estaba encerrada mientras la persona desarrollaba su existencia en esta vida. La causa de que el alma estuviera atrapada en la materia se justificaba en esa necesidad de expiar un antiguo pecado cometido contra la divinidad. A través del proceso iniciático el individuo iba accediendo a un conocimiento que le permitía comprender el papel que el hombre juega en la creación. Gracias a unos ritos que estaba prohibido divulgar a los profanos se facilitaba la liberación del espíritu, lo que unido a un modo de vida impregnado de ascetismo y piedad contribuía a que el hombre pudiese avanzar en el proceso de purificación de su alma.
Desde tiempos antiguos los iniciados sabían que Orfeo había dado a sus enseñanzas un componente simbólico y oculto, de modo que no podían ser entendidas por los hombres comunes. “Hablaré a quienes es lícito; cerrad las puertas, profanos” –dice el primer verso del Papiro de Derveni-. Estaba prohibido que los no iniciados pudieran escuchar o leer los textos órficos. Orfeo legisló sus conocimientos no para la mayoría de la gente, sino que enseñaba solamente a los que eran puros en la escucha.
Antes ya comentamos que en los ritos órficos existía una oposición frontal a todo aquello que implicara derramamiento de sangre. No se admitía el sacrificio de animales y mucho menos de hombres. Eran unos rituales en los que se intentaba explicar simbólicamente como el alma debía conseguir su liberación. Para ello se utilizaba a modo de metáfora la acción de soltar a un pájaro que al alzar su vuelo a los cielos simbolizaba al alma que salía de la materia. En el curso de esos ritos se hacían también libaciones de agua y leche y se hacían ofrendas de tortas que eran quemadas para complacer tanto a la propia divinidad como a los démones hostiles, acerca de los cuales se tenía la creencia de que el hombre debía intentar apaciguarlos para evitar que obstaculizaran los benéficos efectos de los sacrificios.
En el Papiro Derveni (T-114 y T-117) encontramos algunas referencias acerca de estos démones, concebidos como almas de difuntos no bendecidos que no habían conseguido purificarse y que vagaban errantes poblándolo todo y observando las acciones de los hombres.
En los escritos órficos es también frecuente encontrar alusiones a los terrores que en el Hades han de amenazar a los fallecidos no purificados. Allí, convertidos en sombras errantes habrían de sufrir terribles padecimientos, nos dice el T-116 del Papiro Derveni, todos aquellos cuya existencia hubiese estado vencida por el error y el placer. El iniciado en los misterios, gracias a los conocimientos y experiencias que alcanzaba, pretendía garantizarse que cuando le llegase la muerte su alma, plenamente liberada, consiguiera evitar esos padecimientos que habrían de amenazarle en el Hades, de modo que fuera capaz de alcanzar, evitando la amenaza de la reencarnación, una existencia feliz para toda la eternidad fusionándose en la esencia de la divinidad.
El ritual órfico de Pina Bausch en la Ópera de París
Roger Salas
En este mundo atroz de hoy, tan lleno de vanidad, falsos triunfos efímeros y donde tantas causas perdidas mueven a risa, Pina Bausch líquidamente nos transporta a lo esencial con esta obra a la que ya sin esfuerzo consideramos un "clásico" en toda regla. Ha sido anteayer la puesta de largo en la Ópera de París del Orfeo y Eurídice de Gluck en el formato de ópera-danzada que la coreógrafa alemana creara en 1975 en Wuppertal y que el 30 de mayo de 2005 se puso por primera vez en Garnier con ciertas dudas de su permanencia y oportunidad. Han pasado tres años y estas funciones son las de consolidación en el programa activo, el asentamiento de un repertorio tangencial y acaso extraño a la magna casa parisiense, pero que al final resulta soberbio en lo artístico y pleno en sus resultados.
La nueva generación que forma el reparto da una lección de entrega y energía a la par de cantantes, coro y orquesta. El canto órfico de amor y muerte es mostrado a través de una lectura ceremonial, tensa y donde los cuerpos van formando túmulos funerarios que se animan luego en un baile airado, de respiración profunda, de incertidumbre y de viaje a las tinieblas, un ejercicio sin redención posible ni siquiera desde las cimas del arte, creando así un Orfeo plural, colectivo.
El corolario tantas veces esgrimido por Pina de que la danza es una, encuentra aquí una demostración triangular, los ejes cardinales que van de los intérpretes al resumen estético pasando por el mito. ¿Por qué creemos hoy que esta pieza es un clásico? Pues porque en su lectura ya aparecen formas y funciones que luego, a lo largo de tres décadas, han ido apareciendo aquí y allá en los más diversos escenarios de la danza y el ballet contemporáneos. En Pina la síntesis se proyecta como anticipación. Hasta la manzana que cuelga de un hilo invisible, Forsythe la corrompe, la pinta de dorado 20 años después sobre este mismo escenario; la escena, el tratamiento de la luz y los trajes, la gallardía ceremonial que se transforma en una sorda tensión dramática. El estilo Bausch ya estaba entonces formado, clarificado, y en él se ve la línea Kurt Jooss-Jean Cebron discurriendo expositivamente y se atreve uno a sugerir, viajando hacia atrás, hasta los coros femeninos de Mary Wigman. Es difícil que este éxito se olvide fácilmente y que estos bailarines no sean laureados por su hermosísimo trabajo: Yann Bridard (Orfeo / El amor), Eleonora Abbagnato (Eurídice / La muerte) y también Vincent Chaillet, Vincent Cordier y el potente Alexis Renaud. Sobre cualquier teorización, la buena danza se impone; los bailarines clásicos ofrecen una riqueza de matices a la lectura que la hace deliciosa en su intensidad.
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