martes 19 de mayo de 2009

Santo Tomás de Aquino



Santo Tomás de Aquino nació en el castillo de Roccasecca , entre Roma y Nápoles, a finales de 1224, hijo del Conde Landulfo de Aquino, que estaba emparentado con la familia imperial de Hohenstaufen.

A los cinco años fue entregado al cercano monasterio de Montecassino, para que los monjes cistercienses se ocuparan de su educación, y posteriormente, muy joven todavía, se trasladó a la universidad de Nápoles, donde estudió artes liberales. Con 17 años de edad entró en la orden de los dominicos, quienes le enviaron a París para que completase y perfeccionase sus estudios. Allí conoció a San Alberto Magno, que se convirtió en su maestro, primero en esta ciudad y, más tarde, en Colonia, donde pasó cuatro años.

En 1252 Tomás vuelve a París y comienza su carrera docente como profesor de Teología, actividad a la que se dedica con una entrega total. Pasa después una larga temporada en Italia, y allí ejerce durante algún tiempo como teólogo de la curia papal en Orvieto, antes de regresar a París para una segunda etapa de profesor en esta ciudad, del año 1269 al 1272.

Sus superiores le enviaron entonces a Nápoles, para que fundara un Estudio General de Teología para la orden de los dominicos; allí le llegó la convocatoria del Papa para que asistiera como teólogo al concilio de Lyon. De camino hacia allí, murió en el monasterio de Fossanova el año 1274, a los cincuenta años de edad.

Desde San Agustín, el pensamiento cristiano había mantenido una orientación filosófica de corte platónico. En el siglo XIII, por el contrario, con Averroes y Alberto Magno, surge un movimiento de orientación aristotélica, en contra, al principio, de la opinión de las autoridades y profesores de filosofía y teología. Uno de los principales méritos de Santo Tomás consiste en haber consolidado el aristotelismo como sustrato filosófico del pensamiento cristiano y de la reflexión teológica.
Las obras de Santo Tomás destacan por su claridad expositiva y por su metódica articulación de los conceptos y argumentos. Las más importantes son la Suma contra los gentiles, también llamada Suma filosófica, y la Suma teológica.

La Suma teológica consta de tres partes. La primera parte (a la que pertenece el primer texto propuesto en el programa), trata de Dios: de la esencia divina, de las pruebas de la existencia de Dios, de la Santísima Trinidad. En la segunda parte (de la que está tomado el segundo texto para lectura y comentario), Santo Tomás trata del movimiento hacia Dios de las criaturas dotadas de razón, es decir, de la ética y de la moral. La tercera parte, en fin, que quedó inconclusa por la muerte de su autor, está dedicada a Cristo como salvador de la humanidad.

TEXTO 1
Suma teológica, primera parte, cuest. 2, artíc. 1-3

CUESTIÓN 2
Tratado de Dios. Si Dios existe

Puesto que el principal intento de la doctrina sagrada es el de dar a conocer a Dios, y no sólo como es en sí mismo, sino también en cuanto es principio y fin de todas las cosas, y especialmente de la criatura racional, según hemos dicho, en la empresa de exponer esta doctrina trataremos primeramente de Dios, después del movimiento de la criatura racional hacia Dios, y en tercer lugar, de Cristo, que, en cuanto hombre, es nuestro camino para ir a Dios.

El tratado de Dios se dividirá en tres partes. Trataremos en la primera de lo que atañe a la esencia divina; en la segunda, de lo que se refiere a la distinción de personas, y en la tercera, de lo relativo a cómo proceden de Dios las criaturas.

En lo referente a la esencia divina se ha de tratar, primero, si Dios existe; segundo, cómo es, o mejor, cómo no es; tercero, de lo relativo a sus operaciones, a saber, de su ciencia, de su voluntad y de su poder.

Acerca de lo primero hay que averiguar tres cosas.

Primera: si la existencia de Dios es de evidencia inmediata.

Segunda: si es demostrable.

Tercera: si existe Dios.

Artículo 1. Si la existencia de Dios es verdad de evidencia inmediata

A. Discusión

Argumentos a favor de que la existencia de Dios es cosa evidente por sí misma.

1. Decimos que es evidente por sí aquello cuyo conocimiento nos es connatural, como es el que tenemos de los primeros principios. Pues bien; ?el conocimiento de que Dios existe está naturalmente inserto en todos?, como dice el Damasceno al comienzo de su libro. Luego que Dios existe es evidente por sí mismo.

2. Se llama evidente lo que se comprende con sólo conocer sus términos, cualidad que el Filósofo atribuye a los primeros principios de demostración; y así, sabido lo que es todo y lo que es parte, en el acto se comprende que el todo es mayor que cualquiera de sus partes. Pues sabido lo que significa este término, ?Dios?, en el acto se comprende que Dios existe, porque con este nombre expresamos aquello mayor que lo cual nada se puede concebir, y más grande será lo que existe en el entendimiento y en la realidad que lo que sólo existe en el entendimiento. Por consiguiente, si por el hecho de entender su nombre existe Dios en el entendimiento, síguese que existe también en la realidad. Luego que Dios existe es evidente por sí.

3. Es evidente que existe la verdad, porque quien niegue su existencia concede que existe, ya que, si la verdad no existiese, sería verdad que la verdad no existe, y claro está que, si algo es verdadero, es preciso que exista la verdad. Pero Dios es la misma verdad, como se dice en San Juan: ?Yo soy el camino, la verdad y la vida?. Luego la existencia de Dios es de evidencia inmediata.

Argumento en contra: nadie puede concebir lo opuesto a lo que es verdad evidente, como enseña el Filósofo al tratar de los primeros principios de la demostración. Pero lo contrario de la existencia de Dios se puede pensar, como leemos en el Salmista: ?Dijo el necio en su corazón: no hay Dios?. Luego la existencia de Dios no es verdad evidente.

B. Respuesta

Una proposición puede ser evidente de dos maneras: en sí misma, pero no con respecto a nosotros, o en sí misma y para nosotros. La causa de que una proposición sea evidente es porque el predicado está incluido en el concepto del sujeto; por ejemplo, ?el hombre es animal?, pues ?animal? entra en el concepto de hombre. Si, pues, todos conociesen la naturaleza del sujeto y la del predicado, esta proposición sería evidente para todos, como lo son los primeros principios de las demostraciones, cuyos términos, ser y no ser, todo y parte, y otros parecidos, son cosas tan sabidas que nadie las ignora. Pero si hay quienes ignoran cuál es la naturaleza del sujeto y la del predicado, la proposición en sí misma será, sin duda, evidente, pero no lo será para quienes ignoran aquellos extremos; y por esto sucede, como dice Boecio, que hay conceptos comunes que sólo son evidentes para los sabios; por ejemplo, que ?lo incorpóreo no ocupa lugar?

Por consiguiente, digo que la proposición ?Dios existe?, en sí misma es evidente, porque en ella el predicado se identifica con el sujeto, ya que, como más adelante veremos, Dios es su mismo ser. Pero con respecto a nosotros, que desconocemos la naturaleza divina, no es evidente, sino que necesita ser demostrada por medio de cosas más conocidas de nosotros, aunque por su naturaleza sean menos evidentes es decir, por sus efectos.

C. A los argumentos se responde diciendo:

1. Que es verdad que tenemos naturalmente cierto conocimiento confuso de la existencia de Dios en el sentido de que Dios es la felicidad del hombre, y puesto que el hombre, por ley de su naturaleza, quiere ser feliz, ha de conocer naturalmente lo que naturalmente desea. Pero esto no es, en realidad, conocer a Dios, como tampoco conocer que alguien llega es conocer a Pedro, aunque sea Pedro el que llega; y de hecho muchos piensan que el bien perfecto del hombre, que es la bienaventuranza, consiste para unos en la riquezas; para otros, en los placeres, y para otros, en cualquier otra cosa.

2. Que es muy posible que quien oye pronunciar la palabra ?Dios? no entienda que con ella se expresa una cosa mayor que la cual nada se puede pensar, pues hasta ha habido quienes creyeron que Dios es cuerpo. Pero, aun supuesto que todos entiendan por el término ?Dios? lo que se pretende, es decir, algo mayor que lo cual nada se puede pensar, no por esto se sigue que entiendan que lo designado con este nombre exista en la realidad, sino sólo en el concepto del entendimiento. Ni tampoco se puede deducir que exista en la realidad, a menos de reconocer previamente que entre lo real hay algo mayor que lo cual nada se puede pensar, cosa que no reconocen los que sostienen que no hay Dios.

3. Que la verdad, en general, existe; pero no lo es para nosotros que exista la verdad suprema.

Artículo 2. Si se puede demostrar la existencia de Dios

A. Discusión

Argumentos en contra. Parece que la existencia de Dios no es demostrable.

1. La existencia de Dios es un artículo de fe. Pero lo que es de fe no se puede demostrar porque la demostración hace ver, y la fe es de lo que no vemos, como enseña el Apóstol. Luego la existencia de Dios no es demostrable.

2. El medio de la demostración es la naturaleza del sujeto, o ?lo que? el sujeto es. Pero de Dios no podemos saber ?lo que es?, sino más bien lo que no es, como dice el Damasceno. Luego no podemos demostrar la existencia de Dios.

3. Si se demostrase que Dios existe, sólo cabría hacerlo por sus efectos. Pero sus efectos no guardan proporción con Él, ya que Él es infinito y los efectos son finitos, y entre lo finito y lo infinito no hay proporción. Si, pues, no se puede demostrar una causa por un efecto desproporcionado a ella, parece que tampoco se puede demostrar la existencia de Dios.

Argumento a favor: dice el Apóstol que lo ?invisible de Dios se alcanza a conocer por lo que ha sido hecho?. Pero esto no sería posible si por las cosas hechas no se pudiese demostrar que Dios existe, pues lo primero que hay que averiguar acerca de una cosa es si existe.

B. Respuesta

Hay dos clases de demostraciones. Una, llamada ?propter quid? o ?por lo que?, que se basa en la causa y discurre partiendo de lo que en absoluto es anterior hacia lo que es posterior. La otra, llamada demostración ?quia?, parte del efecto, y se apoya en lo que es anterior únicamente con respecto a nosotros: cuando vemos un efecto con más claridad que su causa, por el efecto venimos en conocimiento de la causa. Así, pues, partiendo de un efecto cualquiera, puede demostrarse la existencia de su causa propia (con tal que conozcamos mejor el efecto), porque, como el efecto depende de la causa, si el efecto existe es necesario que su causa le preceda. Por consiguiente, aunque la existencia de Dios no sea verdad evidente respecto a nosotros, es, sin embargo, demostrable por los efectos que conocemos.

C. A los argumentos en contra se responde diciendo:

1. Que la existencia de Dios y otras verdades análogas que acerca de Él podemos conocer por discurso natural, como dice el Apóstol, no son artículos de fe, sino preámbulos a los artículos, y de esta manera la fe presupone el conocimiento natural, como la gracia presupone la naturaleza, y la perfección, lo perfectible. Cabe, sin embargo, que alguien acepte por fe lo que de suyo es demostrable y cognoscible, porque no sepa o no entienda la demostración.

2. Que cuando se demuestra la causa por el efecto, es imprescindible emplear el efecto para definir la causa, y esto sucede particularmente cuando se trata de Dios. La razón es porque en este caso, para probar la existencia de alguna cosa, es preciso tomar como medio ?lo que su nombre significa? y no ?lo que es?, ya que antes de preguntar ?qué es? una cosa, primero hay que averiguar ?si existe?. Pues bien, los nombres que damos a Dios los tomamos de sus efectos, y, por tanto, para demostrar la existencia de Dios por sus efectos, podemos tomar como medio el significado de la palabra ?Dios?.

3. Que aunque por los efectos desproporcionados a una causa no pueda tenerse un conocimiento perfecto de ella, sin embargo, por un efecto cualquiera puede demostrarse, sin lugar a dudas, la existencia de su causa, y de este modo es posible demostrar la existencia de Dios por sus efectos, aunque éstos no puedan dárnoslo a conocer tal como es en su esencia.

Artículo 3. Si Dios existe

A. Discusión

Argumentos en contra. Parece que Dios no existe.

1. Si de dos contrarios suponemos que uno sea infinito, éste anula totalmente su opuesto. Ahora bien, el nombre o término ?Dios? significa precisamente, un bien infinito. Si, pues, hubiese Dios, no habría mal alguno. Pero hallamos que en el mundo hay mal. Luego Dios no existe.

2. Lo que pueden realizar pocos principios, no lo hacen muchos. Pues en el supuesto de que Dios no exista, pueden otros principios realizar cuanto vemos en el mundo, pues las cosas naturales se reducen a su principio, que es la naturaleza, y las libres, al suyo, que es el entendimiento y la voluntad humana. Por consiguiente, no hay necesidad de recurrir a que haya Dios.

Argumento a favor: en el libro del Éxodo dice Dios de sí mismo: ?yo soy el que soy?.

B. Respuesta

La existencia de Dios se puede demostrar por cinco vías.

La primera y más clara se funda en el movimiento. Es innegable, y consta por el testimonio de los sentidos, que en el mundo hay cosas que se mueven. Pues bien, todo lo que se mueve es movido por otro, ya que nada se mueve más que en cuanto está en potencia respecto a aquello para lo que se mueve. En cambio, mover requiere estar en acto, ya que mover no es otra cosa que hacer pasar algo de la potencia al acto, y esto no puede hacerlo más que lo que está en acto, a la manera como lo caliente en acto, v. gr., el fuego hace que un leño, que está caliente en potencia, pase a estar caliente en acto, y así lo mueve y lo cambia. Ahora bien, no es posible que una misma cosa esté, a la vez, en acto y en potencia respecto a lo mismo, sino respecto a cosas diversas: lo que, v. gr., es caliente en acto, no puede ser caliente en potencia, sino que en potencia es, a la vez, frío. Es, pues, imposible que una cosa sea por lo mismo y de la misma manera motor y móvil, como también lo es que se mueva a sí misma. Por consiguiente, todo lo que se mueve es movido por otro. Pero, si lo que mueve a otro es, a su vez, movido, es necesario que lo mueva un tercero, y a éste otro. Mas no se puede seguir al infinito, porque así no habría un primer motor y, por consiguiente, no habría motor alguno, pues los motores intermedios no mueven más que en virtud del movimiento que reciben del primero, lo mismo que un bastón nada mueve si no lo impulsa la mano. Por consiguiente, es necesario llegar a un primer motor que no sea movido por nadie, y éste es el que todos entienden por Dios.

La segunda vía se basa en la causalidad eficiente. Hallamos que en este mundo de lo sensible hay un orden determinado entre las causas eficientes; pero no hallamos, ni es posible, que cosa alguna sea su propia causa, pues en tal caso habría de ser anterior a sí misma, y esto es imposible. Ahora bien, tampoco se puede prolongar al infinito la serie de las causas eficientes, porque siempre que hay causas eficientes subordinadas, la primera es causa de la intermedia, sea una o muchas; y ésta, causa de la última; y puesto que, suprimida una causa, se suprime su efecto, si no existiese una que sea la primera, tampoco existiría la intermedia ni la última. Si, pues, se prolongase al infinito la serie de causas eficientes, no habría causa eficiente primera, y, por tanto, ni efecto último ni causas eficientes intermedias, cosa falsa a todas luces. Por consiguiente, es necesario que exista una causa eficiente primera, a la que todos llaman Dios.

La tercera vía considera el ser posible o contingente y el necesario, y puede formularse así.

Hallamos en la naturaleza cosas que puedan existir o no existir, pues vemos seres que se producen y seres que se destruyen, y, por tanto, hay posibilidad de que existan y de que no existan. Ahora bien, es imposible que los seres de tal condición hayan existido siempre, ya que lo que tiene posibilidad de no ser hubo un tiempo en que no fue. Si, pues, todas las cosas tienen la posibilidad de no ser, hubo un tiempo en que ninguna existía. Pero, si esto es verdad, tampoco debiera existir ahora cosa alguna, porque lo que no existe no empieza a existir más que en virtud de lo que ya existe, y, por tanto, si nada existía, fue imposible que empezase a existir cosa alguna, y, en consecuencia, ahora no habría nada, cosa evidentemente falsa. Por consiguiente, no todos los seres son posibles o contingentes, sino que entre ellos, forzosamente, ha de haber alguno que sea necesario. Pero el ser necesario o tiene la razón de su necesidad en sí mismo o no la tiene. Si su necesidad depende de otro, como no es posible, según hemos visto al tratar de las causas eficientes, aceptar una serie infinita de cosas necesarias, es forzoso que exista algo que sea necesario por sí mismo y que no tenga fuera de sí la causa de su necesidad, sino que sea causa de la necesidad de los demás, a lo cual todos llaman Dios.

La cuarta vía considera los grados de perfección que hay en los seres. Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que otros, y lo mismo sucede con las diversas cualidades. Pero el más y el menos se atribuye a las cosas según su diversa proximidad a lo máximo, y por esto se dice que es más caliente lo que se aproxima más a lo máximamente caliente. Por tanto, ha de existir algo que sea verísimo, nobilísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo; pues, como dice el Filósofo, lo que es verdad máxima es máxima entidad. Ahora bien, lo máximo en cualquier género es causa de todo lo que en aquel género existe, y así el fuego, que tiene el máximo calor, es causa del calor de todo lo caliente, según dice Aristóteles. Existe, por consiguiente, algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad y de todas sus perfecciones, y a esto llamamos Dios.

La quinta vía se toma del gobierno de las cosas. Vemos, en efecto, que cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, como se comprueba observando que siempre, o casi siempre, obran de la misma manera para conseguir lo que más les conviene; por donde se comprende que no van a su fin obrando al acaso, sino intencionadamente. Ahora bien, lo que carece de conocimiento no tiende a un fin si no lo dirige alguien que entienda y conozca, a la manera como el arquero dirige la flecha. Luego existe un ser inteligente que dirige todas las cosas naturales a su fin, y a éste llamamos Dios.

C. A los argumentos en contra se responde:

1. Dice San Agustín que, ?siendo Dios el bien supremo, de ningún modo permitiría que hubiese en sus obras mal alguno si no fuese tan omnipotente y bueno que del mal sacase bien?. Luego pertenece a la infinita bondad de Dios permitir los males para de ellos obtener los bienes.
2. Como la naturaleza obra para conseguir un fin en virtud de la dirección de algún agente superior, en lo mismo que hace la naturaleza interviene Dios como causa primera. Asimismo, lo que se hace deliberadamente, es preciso reducirlo a una causa superior al entendimiento y voluntad humanos, porque éstos son mudables y contingentes, y lo mudable y contingente tiene su razón de ser en lo que de suyo es inmóvil y necesario, según hemos dicho.

Santo Tomás de Aquino: Suma teológica. B.A.C., Madrid.

TEXTO 2
Suma teológica, parte 1ª de la 2ª parte, cuest. 94, art. 2

CUESTIÓN 94
De la ley natural

Artículo 2. La ley natural, ¿comprende muchos preceptos o uno solamente?

A. Discusión

Argumentos a favor de que la ley natural comprende solamente un precepto, y no muchos.
1. Como ya vimos (q. 92, a. 2), la ley pertenece al género del precepto. Luego si hubiera muchos preceptos en la ley natural se seguiría que también serían muchas las leyes naturales.

2. La ley natural es algo consiguiente a la naturaleza humana. Mas la naturaleza humana, aunque es una considerada como un todo, es múltiple en sus partes. Por eso, la ley natural, o bien consta de un solo precepto por la unidad de la naturaleza humana como un todo, o bien consta de muchos por la multiplicidad de la naturaleza humana en sus partes. Pero en este caso también las inclinaciones de la parteconcupiscible deberían pertenecer a la ley natural.

3. La ley, como ya vimos (q. 90, a. 1) es cosa de la razón. Pero la razón en el hombre es una sola.

Luego la ley natural solo tiene un precepto.

Argumento en contra: consta que los preceptos de la ley natural son en el orden práctico lo que son los primeros principios en el orden de la demostración. Pero estos primeros principios son muchos. Luego también son múltiples los preceptos de la ley natural.

B. Respuesta

Como ya dijimos (q. 91, a. 3), los preceptos de la ley natural son, en el orden práctico, lo que los primeros principios de la demostración en el orden especulativo, pues unos y otros son evidentes por sí mismos.

Ahora bien, esta evidencia puede entenderse en dos sentidos: en absoluto y en relación a nosotros. De manera absoluta es evidente por sí misma cualquier proposición cuyo predicado pertenece a la esencia del sujeto; pero tal proposición puede no ser evidente para alguno, porque ignora la definición de su sujeto.

Así, por ejemplo, la enunciación ?el hombre es racional? es evidente por naturaleza, porque el que dice hombre dice racional; sin embargo, no es evidente para quien desconoce lo que es el hombre. De aquí que, según expone Boecio en su obra (De hebdomadibus), hay axiomas o proposiciones que son evidentes por sí mismas para todos; y tales son aquellas cuyos términos son de todos conocidos, como ?el todo es mayor que la parte? o ?dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí?. Y hay proposiciones que son evidentes por sí mismas sólo para los sabios, que entienden la significación de sus términos. Por ejemplo, para el que sabe que el ángel no es corpóreo y entiende lo que esto significa, resulta evidente que el ángel no esta circunscrito a un lugar; mas no así para el indocto, que desconoce el sentido estricto de estos términos.

Ahora bien, entre las cosas que son conocidas de todos hay un cierto orden. Porque lo primero que alcanza nuestra aprehensión es el ente, cuya noción va incluida en todo lo que el hombre aprehende. Por eso, el primer principio indemostrable es que ?no se puede afirmar y negar a la vez una misma cosa?, principio que se funda en las nociones de ente y no-ente y sobre el cual se asientan todos los demás principios, según se dice en el libro IV de la Metafísica. Mas así como el ente es la noción absolutamente primera del conocimiento, así el bien es lo primero que se alcanza por la aprehensión de la razón práctica, ordenada a la operación; porque todo agente obra por un fin, y el fin tiene razón de bien. De ahí que el primer principio de la razón práctica es el que se funda sobre la noción de bien, y se formula así: ?el bien es lo que todos apetecen?. En consecuencia, el primer precepto de la ley es éste: ?El bien ha de hacerse y buscarse; el mal ha de evitarse?. Y sobre éste se fundan todos los demás preceptos de la ley natural, de suerte que cuanto se ha de hacer o evitar caerá bajo los preceptos de esta ley en la medida en que la razón práctica lo capte naturalmente como bien humano.

Por otra parte, como el bien tiene razón de fin, y el mal, de lo contrario, síguese que todo aquello a lo que el hombre se siente naturalmente inclinado lo aprehende la razón como bueno y, por ende, como algo que debe ser procurado, mientras que su contrario lo aprehende como mal y como vitando. De aquí que el orden de los preceptos de la ley natural sea correlativo al orden de las inclinaciones naturales. Y así encontramos, ante todo, en el hombre una inclinación que le es común con todas las sustancias, consistente en que toda sustancia tiende por naturaleza a conservar su propio ser. Y de acuerdo con esta inclinación pertenece a la ley natural todo aquello que ayuda a la conservación de la vida humana e impide su destrucción. En segundo lugar, encontramos en el hombre una inclinación hacia bienes más determinados, según la naturaleza que tiene en común con los demás animales. Y a tenor de esta inclinación se consideran de ley natural las cosas que la naturaleza ha enseñado a todos los animales, tales como la conjunción de los sexos, la educación de los hijos y otras cosas semejantes. En tercer lugar, hay en el hombre una inclinación al bien correspondiente a la naturaleza racional, que es la suya propia, como es, por ejemplo, la inclinación natural a buscar la verdad acerca de Dios y a vivir en sociedad. Y según esto, pertenece a la ley natural todo lo que atañe a esta inclinación, como evitar la ignorancia, respetar a los conciudadanos y todo lo demás relacionado con esto.

C. A los argumentos a favor de que hay solamente un precepto se responde:

1. Que todos estos preceptos de la ley natural constituyen una ley natural única en cuanto se reducen a un único primer precepto.

2. Que todas las inclinaciones de cualquiera de las partes de la naturaleza humana, como la concupiscible y la irascible, en la medida en que se someten al orden de la razón, pertenecen a la ley natural y se reducen a un único primer precepto, como acabamos de decir (respuesta anterior). Y así, los preceptos de la ley natural, considerados en sí mismos, son muchos, pero todos ellos coinciden en la misma raíz.

3. Que aunque es una en sí misma, la razón ha de poner orden en todos los asuntos que atañen al hombre. Y en este sentido caen bajo la ley de la razón todas las cosas que son susceptibles de una ordenación racional.

El mito del carro alado

Alegoría que utiliza Platón para describir las partes del alma y el afán humano por el conocimiento y el ser.

En el diálogo “Fedro” Platón trata la cuestión del la esencia y partes del alma. Comienza señalando que parece más adecuada, dada la dificultad del tema, la exposición alegórica que la investigación racional e inmediatamente nos presenta el mito del carro alado. Veamos un resumen literal del mismo: el alma es como una fuerza natural que mantienen unidos un carro y su auriga, sostenidos por alas. Los caballos y los aurigas de los dioses son todos ellos buenos; los de los hombres no. En nuestro caso, el auriga guía una pareja de caballos, uno hermoso y bueno, otro feo y malo, por lo que para nosotros la conducción resultará dura y difícil.

El alma tiene como tarea el cuidado de lo que es inanimado y recorre todo el cielo. Cuando es perfecta vuela por las alturas y administra todo el mundo; en cambio la que ha perdido las alas es arrastrada hasta que se apodera de algo sólido donde se establece tomando un cuerpo terrestre. A causa de la fuerza del alma, este cuerpo parece moverse a sí mismo y ambos ―cuerpo y alma― reciben el nombre de ser viviente.

La fuerza del ala consiste en llevar hacia arriba lo pesado, elevándose hacia el lugar en donde habitan los dioses. Lo divino es hermoso, sabio y bueno y esto es lo que más alimenta y hace crecer las alas; en cambio lo vergonzoso, lo malo y todas las demás cosas contrarias a aquellas las consume y las hace perecer. Dirigidas por Zeus, las almas de los dioses y las de los hombres marchan por el cielo ordenando y cuidando todo. Después de realizar su tarea van a buscar su alimento hacia el mundo supraceleste, hacia la realidad que se encuentra más allá de la bóveda del cielo. En ese lugar se halla la Justicia, la esencia cuyo ser es realmente ser, el ser incoloro, intangible, cuya esencia es sólo vista por el entendimiento, piloto del alma, y alrededor de la que crece el verdadero Saber, pero no la ciencia de lo que nace y muere, de lo relativo, sino la ciencia de lo que es verdaderamente ser.

Las almas de los dioses, dado que son conducidas por dos caballos buenos y dóciles, ascienden sin problemas. La mente de los dioses se nutre de un saber y entender puro por lo que al ver lo que allí se encuentra, se alimenta, se llena de contento y descansa hasta que el movimiento, en su ronda, la vuelve a su sitio. Las almas de los hombres suben con dificultad pues el caballo que tiene mala constitución es pesado e inclina y fatiga al auriga que no lo ha alimentado convenientemente. Así se encuentra el alma con su dura y fatigosa prueba.

De las almas humanas, la que mejor ha seguido al dios y más se le parece consigue ver algo, otras no pueden alcanzar la visión del ser, por lo que les queda la opinión por alimento, “el porqué de todo este empeño por divisar dónde está la llanura de la Verdad, se debe a que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es el que viene del prado que allí hay, y el que la naturaleza del ala, que hace ligera al alma, de él se nutre.” Las almas que no han podido vislumbrar nada de lo que allí se encuentra se van gravitando llenas de olvido y dejadez, pierden las alas y caen a tierra.

Las siguientes tesis resumen la interpretación más sencilla del mito:

* El alma es el principio de vida gracias al cual los seres vivos pueden realizar los movimientos que le son propios;

*Las cosas naturales están dirigidas y controladas por la divinidad (hipótesis providencialista y teleológica que luego encontraremos en gran parte de la filosofía posterior);

*El alma humana participa de algún modo de la naturaleza divina, pero también de un principio opuesto que la pervierte y la hace caer al mundo de la finitud, contingencia y muerte;

*La parte más excelente del alma humana es semejante a la mente de los dioses y, como la de ellos, se nutre del conocimiento;

*Frente a la realidad física, más allá de la Naturaleza, en el “ámbito supraceleste”, se encuentra la auténtica realidad, el ser verdadero caracterizado como la esencia que permanece siempre idéntica a sí misma, que carece de propiedades físicas (“incolora e intangible”) y se ofrece sólo al entendimiento (dualismo ontológico);

*Nuestro destino está en ese mundo perfecto, mundo al que se llega básicamente mediante la Ciencia de lo absoluto (la filosofía o dialéctica) no mediante el conocimiento de lo relativo y mudable (la opinión);

*Cuando se encarna, el alma olvida aquello que ha conseguido vislumbrar en el mundo supraceleste (rudimentos de la teoría de la reminiscencia);

*Es habitual también buscar la correspondencia de las partes del alma con los elementos que aparecen en el mito del carro alado: el auriga representa la parte racional, destinada a la dirección de la vida humana, al conocimiento y lo más divino que se encuentra en nosotros; el caballo bueno representa la parte irascible, aquello que permite al alma la realización de acciones buenas y bellas; el caballo malo y rebelde representa la parte concupiscible, aquello que fomenta en nosotros deseos y pasiones y que nos impulsa hacia el ámbito de lo sensible.

Este mito resume perfectamente la propuesta que recorre la totalidad de la filosofía platónica: realizar en esta vida y de forma radical la belleza, verdad y bondad (dado que “lo divino es hermoso, sabio y bueno y esto es lo que más alimenta y hace crecer las alas”).

"Sobre su inmortalidad, pues, basta con lo dicho. Acerca de su idea debe decirse lo siguiente: descubrir cómo es el alma sería cosa de una investigación en todos los sentidos y totalmente divina, además de larga; pero decir a qué es semejante puede ser el objeto de una investigación humana y más breve; procedamos, por consiguiente, así. Es, pues, semejante el alma a cierta fuerza natural que mantiene unidos un carro y su auriga, sostenidos por alas. Los caballos y aurigas de los dioses son todos ellos buenos y constituidos de buenos elementos; los de los demás están mezclados. En primer lugar, tratándose de nosotros, el conductor guía una pareja de caballos; después, de los caballos, el uno es hermoso, bueno y constituido de elementos de la misma índole; el otro está constituido de elementos contrarios y es él mismo contrario. En consecuencia, en nosotros resulta necesariamente dura y difícil la conducción.
Hemos de intentar ahora decir cómo el ser viviente ha venido a llamarse "mortal" e "inmortal". Toda alma está al cuidado de lo que es inanimado, y recorre todo el cielo, revistiendo unas veces una forma y otras otra. Y así, cuando es perfecta y alada, vuela por las alturas y administra todo el mundo; en cambio, la que ha perdido las alas es arrastrada hasta que se apodera de algo sólido donde se establece tomando un cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo a causa de la fuerza de aquella, y este todo, alma y cuerpo unidos, se llama ser viviente y tiene el sobrenombre de mortal. En cuanto al inmortal, no hay ningún razonamiento que nos permita explicarlo racionalmente; pero, no habiéndola visto ni comprendido de un modo suficiente, nos forjamos de la divinidad una idea representándonosla como un ser viviente inmortal, con alma y cuerpo naturalmente unidos por toda la eternidad. Esto, sin embargo, que sea y se exponga como agrade a la divinidad. Consideremos la causa de la pérdida de las alas, y por la que se le desprenden al alma. Es algo así como lo que sigue.
La fuerza del ala consiste, naturalmente, en llevar hacia arriba lo pesado, elevándose por donde habita la raza de los dioses, y así es, en cierto modo, de todo lo relacionado con el cuerpo, lo que en más grado participa de lo divino. Ahora bien: lo divino es hermoso, sabio, bueno, y todo lo que es de esta índole; esto es, pues, lo que más alimenta y hace crecer las alas; en cambio, lo vergonzoso, lo malo, y todas las demás cosas contrarias a aquellas, las consume y las hace perecer. Pues bien: el gran jefe del cielo, Zeus, dirigiendo su carro alado, marcha el primero, ordenándolo todo y cuidándolo. Le sigue un ejército de dioses y demonios ordenado en once divisiones pues Hestia queda en la casa de los dioses, sola. Todos los demás clasificados en el número de los doce y considerados como dioses directores van al frente de la fila que a cada uno ha sido asignada. Son muchos en verdad, y beatíficos, los espectáculos que ofrecen las rutas del interior del cielo que la raza de los bienaventurados recorre llevando a cabo cada uno su propia misión, y los sigue el que persevera en el querer y en el poder, pues la Envidia está fuera del coro de los dioses. Ahora bien, siempre que van al banquete y al festín, marchan hacia las regiones escarpadas que conducen a la cima de la bóveda del cielo. Por allí, los carros de los dioses, bien equilibrados y dóciles a las riendas, marchan fácilmente, pero los otros con dificultad, pues el caballo que tiene mala constitución es pesado e inclina hacia la tierra y fatiga al auriga que no lo ha alimentado convenientemente. Allí se encuentra el alma con su dura y fatigosa prueba. Pues las que se llaman inmortales, cuando han alcanzado la cima, saliéndose fuera, se alzan sobre la espalda del cielo, y al alzarse se las lleva el movimiento circular en su órbita, y contemplan lo que está al otro lado del cielo.
A este lugar supraceleste, no lo ha cantado poeta alguno de los de aquí abajo, ni lo cantará jamás como merece, pero es algo como esto -ya que se ha de tener el coraje de decir la verdad, y sobre todo cuando es de ella de la que se habla-: porque, incolora, informe, intangible esa esencia cuyo ser es realmente ser, vista sólo por el entendimiento, piloto del alma, y alrededor de la que crece el verdadero saber, ocupa, precisamente, tal lugar. Como la mente de lo divino se alimenta de un entender y saber incontaminado, lo mismo que toda alma que tenga empeño en recibir lo que le conviene, viendo, al cabo del tiempo, el ser, se llena de contento, y en la contemplación de la verdad, encuentra su alimento y bienestar, hasta que el movimiento, en su ronda, la vuelva a su sitio. En esta giro, tiene ante su vista a la misma justicia, tiene antes su vista a la sensatez, tiene ante su vista a la ciencia, y no aquella a la que le es propio la génesis, ni la que, de algún modo, es otra al ser en otro -en eso otro que nosotros llamamos entes-, sino esa ciencia que es de lo que verdaderamente es ser. Y habiendo visto, de la misma manera, todos los otros seres que de verdad son, y nutrida de ellos, se hunde de nuevo en el interior del cielo, y vuelve a su casa. Una vez que ha llegado, el auriga detiene los caballos ante el pesebre, le echa pienso y ambrosía, y los abreva con néctar.
Tal es pues la vida de los dioses. De las otras almas, la que mejor ha seguido al dios y más se le parece, levanta la cabeza del auriga hacia el lugar exterior, siguiendo, en su giro, el movimiento celeste, pero, soliviantada por los caballos, apenas si alcanza a ver los seres. Hay alguna que, a ratos, se alza, a ratos se hunde y, forzada por los caballos, ve unas cosas sí y otras no. Las hay que, deseosas todas de las alturas, siguen adelante, pero no lo consiguen y acaban sumergiéndose en ese movimiento que las arrastra, pateándose y amontonándose, al intentar ser unas más que otras. Confusión, pues, y porfías y supremas fatigas donde, por torpeza de los aurigas, se quedan muchas renqueantes, y a otras muchas se les parten muchas alas. Todas, en fin, después de tantas penas, tiene que irse sin haber podido alcanzar la visión del ser; y, una vez que se han ido, les queda sólo la opinión por alimento. El porqué de todo este empeño por divisar dónde está la llanura de la Verdad, se debe a que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es el que viene del prado que allí hay, y el que la naturaleza del ala, que hace ligera al alma, de él se nutre. Así es, pues, el precepto de Adrastea. Cualquier alma, que, en el séquito de lo divino, haya vislumbrado algo de lo verdadero, estará indemne hasta el próximo giro y, siempre que haga lo mismo, estará libre de daño. Pero cuando, por no haber podido seguirlo, no lo ha visto, y por cualquier azaroso suceso se va gravitando llena de olvido y dejadez, debido a este lastre, pierde las alas y cae a tierra"

Fedro, 246 d 3- 248 d

martes 12 de mayo de 2009

Orfeo

Orfeo y los nuevos misterios

Dionisios, dios primitivo que simbolizaba la esperanza de renacimiento para los hombres, era también considerado la divinidad de la naturaleza y de la vegetación. Gracias a Dionisios cada primavera la vida retornaba de nuevo a la tierra y pronto sus seguidores instauraron solemnes fiestas públicas en honor a esta divinidad con las que pretendían contribuir a la regulación del propio curso de la naturaleza.

En estas grandes fiestas dionisíacas tiene sus orígenes el teatro griego, cuyas primeras raíces se confunden con los cantos que los hombres entonaban a Dionisios en estas celebraciones. Este era el aspecto público, popular, de los cultos dionisíacos. Carácter secreto tenían, sin embargo, los propios cultos mistéricos, con los que los iniciados pretendían asegurarse una inmortalidad feliz tras la muerte.

Es posible que Orfeo, apasionante personaje de la mitología griega como veremos, pudiera haber existido realmente. Quizás fue, incluso, un sacerdote de los cultos de Dionisios, que después de haber tenido acceso a los conocimientos secretos del más allá decidió replantear los propios ritos mistéricos dionisíacos.

Hasta que Orfeo surgió en escena, los cultos dionisíacos estuvieron impregnados de un notable componente de salvajismo, plasmado en las orgías de las bacantes y en las furiosas y delirantes matanzas de animales o incluso de personas, como antes ya apuntamos. No de otro modo se puede calificar que para conseguir la comunión con la divinidad los iniciados precisaran ingerir la carne todavía viva de la víctima. Una vez que surgió la figura de Orfeo todo parece sugerir que ese componente de salvajismo fue cayendo en el olvido y los cultos dionisíacos se fueron impregnando de elevadas dosis de ascetismo, moralidad y ansia plena de fusión con la divinidad.

Orfeo y Eurídice

Hijo de Caliope, musa de la Elocuencia, la Poesía y el Ritmo, y de Eagro, rey de Tracia, Orfeo habría sido según nos dice la mitología un poeta y músico inigualable que habría perfeccionado la lira de siete cuerdas, propia de Apolo, incorporándola dos cuerdas más como homenaje a las nueve musas. Con el nuevo instrumento musical Orfeo emitía unos sonidos tan melodiosos que se dice que llegaban a conmover a los animales, a las plantas e incluso a las propias rocas.

Según explica un mito de origen antiguo, Orfeo habría descendido al Hades en busca de su esposa, la ninfa Eurídice, cuando esta encontró la muerte, de modo que en su aspecto más popular en el mito de Orfeo se desarrollaba el asunto de un amor que es capaz de traspasar esas terribles fronteras del más allá. Se dice que ante sus sentidos versos todo el Reino de los Muertos sucumbió. Los suplicios que se aplicaban a las almas impuras cesaron e incluso el temible perro Cerbero se habría amansado ante las melodías de Orfeo. Hades y Perséfone acudieron conmovidos y finalmente accedieron a que Eurídice abandonara el mundo de las sombras y retornara a la vida. Desgraciadamente, habían impuesto la condición de que en el viaje de regreso a nuestro mundo Orfeo nunca volviera su vista hacia atrás, de modo que una mirada dirigida en el último momento a Eurídice, que le seguía, hizo que roto el compromiso con Hades la ninfa volviera al más allá y Orfeo la perdiera para siempre.

La tradición sostiene que Orfeo, al igual que antes Dionisios, habría viajado a Egipto en su juventud, en donde habría sido iniciado en los cultos mistéricos. Autores posteriores, entre ellos Heródoto, habrían de sostener que algunas grandes ideas como la de la transmigración de las almas o el proceso de purificación del alma tendrían su origen en esos momentos de iniciación de Orfeo en el país del Nilo.

El mito sostiene que Orfeo habría de encontrar la muerte, una vez que había perdido a Eurídice, despedazado a manos de un grupo de mujeres tracias, bacantes, que seguían llevando a cabo todavía en esos tiempos esos ritos de origen prehelénico en los que Orfeo habría sido ejecutado ritualmente. Estaríamos todavía en el contexto de unas seguidoras de Dionisios cuyas creencias seguían vinculadas con antiguos contextos de olvidadas sociedades neolíticas de tipo matriarcal.

Parece que existieron varios motivos que podrían justificar esa muerte violenta de Orfeo a manos de las bacantes. Se habla, de un lado, de una posible venganza de los dioses, que no podían tolerar que un humano hubiera tenido conocimientos en vida acerca de los secretos inmensos del Reino de los Muertos; se dice, también, que Orfeo, tras su regreso del Hades, habría instituido unos nuevos misterios, que habrían modificado sustancialmente los propios misterios de Dionisios, lo que resultaría inadmisible para las ménades. En todo caso, las nuevas enseñanzas de Orfeo rechazaban los sacrificios sangrientos, tanto de animales como de personas, de modo que con ellas los tradicionales misterios de Dionisios habrían perdido sus aspectos más irracionales y se habrían impregnado de algunas de las más significadas virtudes apolíneas.

Antes ya comentamos que todo parece sugerir que Orfeo pudo ser un personaje real que habría sido sacerdote del culto dionisíaco, además de poeta y músico. Este individuo habría tenido acceso a nuevos conocimientos iniciáticos sobre el más allá, quizás en Egipto o en Oriente, y se propuso modificar los antiguos misterios dotándolos ahora de unos componentes racionales (negando los sacrificios o la posibilidad incluso de comer carne, debido a la idea de la transmigración de las almas, de la que más adelante hablaremos) y místicos (creencia en una divinidad superior de la que Dionisios sería una emanación, de modo que todos los hombres estarían impregnados de un componente divino que los iniciados debían aprender a liberar a lo largo de su vida, para poder acceder así a lo que los órficos llamaban “inmortalidad feliz”).

Iniciación y muerte

Con Orfeo, los misterios de Dionisios, dios de los sentidos, cuya carne cruda encarnada en un animal devoraban sus primitivos seguidores, se elevaron en su componente de misticismo y Apolo (Helios, el Brillante), divinidad de la inteligencia, pasó a ser considerado como el dios más grande de todas las divinidades, el Uno entre los múltiples. Quizás se evidencia aquí la influencia egipcia, en cuyos misterios existía también una divinidad suprema (Atum-Ra, igualmente el Sol), de la que Osiris era también una de sus manifestaciones. Noticias de escritores posteriores sostienen esa influencia: “Los castigos de los impíos en el Hades –nos dirá Diodoro-, las praderas de los bienaventurados y las escenas imaginarias representadas por tantos autores, los introdujo Orfeo a imitación de los ritos funerarios egipcios”.

Posiblemente algunos de esos cambios, que debieron producirse en el entorno del siglo VI a.C., no fueron del agrado de las bacantes más tradicionales. Ello habría motivado la violenta muerte de Orfeo, profeta de una nueva religión de salvación en cuyos misterios iba tomando especial protagonismo al papel desempeñado por los hombres.

Para los no iniciados en esos nuevos misterios no existían esperanzas de una supervivencia feliz en el más allá tras la muerte. Un poema de Safo de Lesbos nos lo confirma:

“Después de que mueras, yacerás sin que nadie te recuerde

o por ti se duela, pues no gozastes las rosas de

Pieria. Ignorada también en la casa del Hades,

flotarás errabunda entre los oscuros muertos…”

En estos versos Safo nos habla de una mujer que habría fallecido sin haber tenido conocimiento de los misterios órficos, sin haber gozado de “las rosas de Pieria”. Durante la eternidad habrá de vagar errabunda entre los muertos oscuros, nos dice. Pieria, precisamente, era una comarca situada al sur de Macedonia en donde se rendía culto a Orfeo y a las Musas, también denominadas Pierides.

En contra de lo habitual, ya que estaba prohibido divulgar entre los no iniciados las enseñanzas mistéricas, Plutarco (Moralia) nos ha legado información acerca de lo que debía suceder en esas iniciaciones, comparando las sensaciones que vivía el iniciado con la propia experiencia de la muerte. Veámoslo en cita de Díez de Velasco:

“En este mundo (el alma) no tiene conocimiento, excepto cuando está en el trance de la muerte; puesto que cuando ese momento llega, sufre una experiencia como la de las personas que están sometiéndose a la iniciación en los grandes misterios; además los verbos morir (teleutân) y ser iniciado (teleîsthai) y las acciones que significan, tienen una similitud. Al principio está perdido y corre de un lado para otro de un modo agotador, en la oscuridad, con la sospecha de no llegar a ninguna parte; y antes de alcanzar la meta soporta todo el terror posible, el escalofrío, el miedo, sudor y estupor. Pero después una luz maravillosa le alcanza y le dan la bienvenida lugares de pureza y praderas en los que le rodean sonidos y danzas y la solemnidad de músicas sagradas y visiones santas. Y después, el que ha completado lo anterior, a partir de ese momento convertido en un ser libre y liberado, coronado de guirnaldas, celebra los misterios acompañado de los hombres puros y santos y contempla a los no iniciados, la masa impura de seres vivientes que se revuelcan en el fango y sufren aplastándose entre ellos en la oscuridad, aterrados por la muerte, incrédulos ante la posibilidad de la bienaventuranza en el más allá.”

Gracias a la experiencia iniciática y a los conocimientos a los que se accedía el hombre tomaba conciencia de que tras su muerte le esperaba una existencia feliz en el más allá, llegando a comprender que su alma participaba de la naturaleza divina. Una inscripción funeraria del siglo II d.C., de clara inspiración órfica, citada por A. Bernabé (Textos órficos, número 73), nos confirma esas expectativas del difunto iniciado en los misterios:

“A Eliano, hombre bueno y prudente, dedicó esta tumba su padre tributando honras fúnebres a su cuerpo mortal. Pero su corazón inmortal se alzó hasta la morada de los Felices, pues el alma vive siempre, la que procura la vida y de los dioses desciende. Contén, pues, padre, tus lamentos; contén, madre, a mis hermanos. El cuerpo es túnica del alma, Así que venera al dios que hay en mí.”

El cuerpo como prisión

No es fácil rastrear donde buscaron inspiración los antiguos místicos helenos, entre los que incluimos a Orfeo, para desarrollar su teoría de la transmigración de las almas. Desde tiempos antiguos se pensaba que los humanos arrastraban las consecuencias de un grave crimen que se había cometido contra la divinidad y en la pena impuesta por ese pecado encontraba justificación, precisamente, la idea de que el alma inmortal debía encarnarse en vidas posteriores hasta quedar purificada, momento en el que podría escapar a la rueda de las sucesivas encarnaciones. Ese retorno del alma a la carne podía tomar forma tanto en otro hombre como en un animal, de acuerdo con las singularidades que hubieran distinguido al individuo en su vida anterior.

En la iniciación órfica se pensaba que ese crimen cuyas consecuencias tenían que pagar las almas de los hombres no era otro sino la muerte de Dionisios niño a manos de los Titanes, asunto mitológico del que ya antes tuvimos oportunidad de hablar. Un texto de Plutarco, De esu carn., I–7, citado por Bernabé en Textos órficos, número 93, confirma esas creencias de los seguidores de Orfeo. Plutarco, que está citando a Empédocles, sostiene en ese texto que:

“Afirma (Empédocles) alegóricamente que las almas, por pagar el castigo por el derramamiento de sangre, la devoración de carne y comerse unos a otros, están atadas a cuerpos mortales. En realidad esta doctrina parece más antigua, pues los padecimientos del desmembramiento que el mito cuenta con respecto a Dionisios y las acciones audaces llevadas a cabo contra él por los Titanes, que probaron su sangre y los castigos de éstos y las fulminaciones todo eso es un mito que tiene un significado oculto con respecto a la serie de renacimientos. Y es que lo que hay en nosotros de irracional, desordenado y violento, de no divino e incluso de demónico, los antiguos lo llamaron “Titanes”, es decir los que son castigados y pagan condena.”

El iniciado en los misterios era consciente de que en el hombre existe un dualismo entre el alma, cuya esencia es divina e inmortal, y el cuerpo, que era concebido como una prisión en la que el alma estaba encerrada mientras la persona desarrollaba su existencia en esta vida. La causa de que el alma estuviera atrapada en la materia se justificaba en esa necesidad de expiar un antiguo pecado cometido contra la divinidad. A través del proceso iniciático el individuo iba accediendo a un conocimiento que le permitía comprender el papel que el hombre juega en la creación. Gracias a unos ritos que estaba prohibido divulgar a los profanos se facilitaba la liberación del espíritu, lo que unido a un modo de vida impregnado de ascetismo y piedad contribuía a que el hombre pudiese avanzar en el proceso de purificación de su alma.

Desde tiempos antiguos los iniciados sabían que Orfeo había dado a sus enseñanzas un componente simbólico y oculto, de modo que no podían ser entendidas por los hombres comunes. “Hablaré a quienes es lícito; cerrad las puertas, profanos” –dice el primer verso del Papiro de Derveni-. Estaba prohibido que los no iniciados pudieran escuchar o leer los textos órficos. Orfeo legisló sus conocimientos no para la mayoría de la gente, sino que enseñaba solamente a los que eran puros en la escucha.

Antes ya comentamos que en los ritos órficos existía una oposición frontal a todo aquello que implicara derramamiento de sangre. No se admitía el sacrificio de animales y mucho menos de hombres. Eran unos rituales en los que se intentaba explicar simbólicamente como el alma debía conseguir su liberación. Para ello se utilizaba a modo de metáfora la acción de soltar a un pájaro que al alzar su vuelo a los cielos simbolizaba al alma que salía de la materia. En el curso de esos ritos se hacían también libaciones de agua y leche y se hacían ofrendas de tortas que eran quemadas para complacer tanto a la propia divinidad como a los démones hostiles, acerca de los cuales se tenía la creencia de que el hombre debía intentar apaciguarlos para evitar que obstaculizaran los benéficos efectos de los sacrificios.

En el Papiro Derveni (T-114 y T-117) encontramos algunas referencias acerca de estos démones, concebidos como almas de difuntos no bendecidos que no habían conseguido purificarse y que vagaban errantes poblándolo todo y observando las acciones de los hombres.

En los escritos órficos es también frecuente encontrar alusiones a los terrores que en el Hades han de amenazar a los fallecidos no purificados. Allí, convertidos en sombras errantes habrían de sufrir terribles padecimientos, nos dice el T-116 del Papiro Derveni, todos aquellos cuya existencia hubiese estado vencida por el error y el placer. El iniciado en los misterios, gracias a los conocimientos y experiencias que alcanzaba, pretendía garantizarse que cuando le llegase la muerte su alma, plenamente liberada, consiguiera evitar esos padecimientos que habrían de amenazarle en el Hades, de modo que fuera capaz de alcanzar, evitando la amenaza de la reencarnación, una existencia feliz para toda la eternidad fusionándose en la esencia de la divinidad.

El ritual órfico de Pina Bausch en la Ópera de París


Roger Salas

En este mundo atroz de hoy, tan lleno de vanidad, falsos triunfos efímeros y donde tantas causas perdidas mueven a risa, Pina Bausch líquidamente nos transporta a lo esencial con esta obra a la que ya sin esfuerzo consideramos un "clásico" en toda regla. Ha sido anteayer la puesta de largo en la Ópera de París del Orfeo y Eurídice de Gluck en el formato de ópera-danzada que la coreógrafa alemana creara en 1975 en Wuppertal y que el 30 de mayo de 2005 se puso por primera vez en Garnier con ciertas dudas de su permanencia y oportunidad. Han pasado tres años y estas funciones son las de consolidación en el programa activo, el asentamiento de un repertorio tangencial y acaso extraño a la magna casa parisiense, pero que al final resulta soberbio en lo artístico y pleno en sus resultados.

La nueva generación que forma el reparto da una lección de entrega y energía a la par de cantantes, coro y orquesta. El canto órfico de amor y muerte es mostrado a través de una lectura ceremonial, tensa y donde los cuerpos van formando túmulos funerarios que se animan luego en un baile airado, de respiración profunda, de incertidumbre y de viaje a las tinieblas, un ejercicio sin redención posible ni siquiera desde las cimas del arte, creando así un Orfeo plural, colectivo.

El corolario tantas veces esgrimido por Pina de que la danza es una, encuentra aquí una demostración triangular, los ejes cardinales que van de los intérpretes al resumen estético pasando por el mito. ¿Por qué creemos hoy que esta pieza es un clásico? Pues porque en su lectura ya aparecen formas y funciones que luego, a lo largo de tres décadas, han ido apareciendo aquí y allá en los más diversos escenarios de la danza y el ballet contemporáneos. En Pina la síntesis se proyecta como anticipación. Hasta la manzana que cuelga de un hilo invisible, Forsythe la corrompe, la pinta de dorado 20 años después sobre este mismo escenario; la escena, el tratamiento de la luz y los trajes, la gallardía ceremonial que se transforma en una sorda tensión dramática. El estilo Bausch ya estaba entonces formado, clarificado, y en él se ve la línea Kurt Jooss-Jean Cebron discurriendo expositivamente y se atreve uno a sugerir, viajando hacia atrás, hasta los coros femeninos de Mary Wigman. Es difícil que este éxito se olvide fácilmente y que estos bailarines no sean laureados por su hermosísimo trabajo: Yann Bridard (Orfeo / El amor), Eleonora Abbagnato (Eurídice / La muerte) y también Vincent Chaillet, Vincent Cordier y el potente Alexis Renaud. Sobre cualquier teorización, la buena danza se impone; los bailarines clásicos ofrecen una riqueza de matices a la lectura que la hace deliciosa en su intensidad.




martes 14 de abril de 2009

La resurrección de los cuerpos

Javier Echeverría

Pues, dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos?
¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio!
S. PABLO, I Corintios, 15, 35.

Parto de una interpretación de los escritos de Nietzsche: su interés por la fisiología, su preocupación por lo sano y lo enfermo, tienen a la base un pensamiento muy definido sobre el tema del cuerpo. Al investigar el impulso que se manifiesta en cada concepto filosófico, en cada pensador, siempre lo hace en términos de salud (1).

El determinar cuál es el impulso, o los impulsos, que se manifiestan en un pensador, es una primera fase que Nietzsche considera necesaria, la de la interpretación, la de la «filología»; pero que nunca aparece separada de una labor médica complementaria, que trata de descubrir la condición fisiológica de dicho impulso, su salud o su morbidez. El médico- filólogo que es Nietzsche, cuando habla de los demás, refiere todos los impulsos que aparecen en la interpretación a una valoración, base de todas las tablas de valores en las que escribirá Zaratustra: la voluntad de poder, la capacidad que tiene la fuerza base de cada concepto filosófico de aumentarse a sí misma, equivalente a su capacidad de afirmar y desear la vida; su salud, en una palabra.

Para un negador radical de la distinción alma- cuerpo, hablar de salud es hablar de salud del cuerpo. Si Dioniso ataca al Crucificado es porque hay un cuerpo dionisíaco sano, afirmador de la vida, frente a un cuerpo cristiano decadente, enfermo, que se desprecia a sí mismo y se considera malo. «El cristianismo, que despreció el cuerpo, ha sido hasta ahora la mayor desventura de la humanidad» (2).

La muerte de Dios y la resurrección de los cuerpos.

Este resurgimiento del cuerpo va inseparablemente unido a la muerte de Dios. Nietzsche constata diversas muertes. En primer lugar mueren los dioses, de risa, al ver la pretensión de un Dios en erigirse como único. Pero, posteriormente, Dios ha muerto, y su asesino es el más feo de los hombres, al no poder soportar un testigo permanente de su fealdad, un testigo que - para colmo- le compadecía. Es su compasión lo que mata a Dios, pero también es su condición de testigo, su simbolización como ojo.

El Dios del cristianismo que todo lo sabe es sabio en el sentido que los griegos daban a la palabra «sabiduría»; lo sabe todo porque es testigo de todo, porque lo ve todo. Testigo compasivo, que introduce por ello una culpa en todos los actos.
La afirmación de la inocencia, constante en Nietzsche, incluye una destrucción de todo elementos de compasión, que siempre es culpabilizante, pero también supone el asesinato de todo ser que se pretenda espectador, testigo. La decadencia de la tragedia griega que señala Nietzsche proviene de su progresiva subordinación al espectador, frente a la fiesta dionisíaca inicial, en la que sólo existen participantes en la embriaguez dionisíaca. Un comportamiento dionisíaco exige, como condición necesaria, el asesinato de todo espectador, y el espectador por excelencia es Dios.

Dios muere por sí mismo, por su compasión, pero también es asesinado, pues si «a lo que cae es preciso, además, empujarlo» (3), a lo que muere es preciso también matarlo, Y su asesino es el hombre más feo, «algo que tenía una figura como de hombre, pero que apenas lo parecía, algo inexplicable» (4). El asesino de Dios es aquel que apenas tiene un cuerpo humano, con cuyo cuerpo es difícil identificarse, ante cuya deformidad hay dos sentimientos: la compasión de Dios o el pudor de Zaratustra.

Frente a la reacción cristiana compasiva, caritativa, ante la deformidad máxima del cuerpo, Zaratustra opone otro tipo de reacción, el pudor, que posibilita al asesino de Dios honrar su propio cuerpo, afirmarlo, desearlo en tanto inocente. Si asesinó a Dios era precisamente porque su condición de testigo compasivo le impedía una afirmación gozosa de su propio cuerpo en la deformidad, superadora de la culpa tradicionalmente asociada a lo deforme.

Dios muere para que sea posible la afirmación del propio cuerpo, el desearlo para la eternidad, para su retorno eterno, por deforme que sea o, aún mejor, en toda la deformidad a la que pueda llegar dicho cuerpo en sus modificaciones.
Es necesario asesinar a Dios para que resuciten los cuerpos (5).

El cuerpo místico

Dios ha muerto. Es posible hablar del cuerpo. Resucitan los cuerpos. Pero, ¿qué tipo de palabras es posible después de la muerte de Dios? Muerto Dios, ¿cómo son los cuerpos que resucitan?

Pues, aunque San Pablo califica de necio a quien se pregunte esto, se le podría contestar con Blake «si el necio persistiera en su necesidad se volvería sabio» o, más cortésmente, «si otros no hubiesen sido necios, lo seríamos nosotros» (6). Ya que sobre el tema de la resurrección de los cuerpos apenas si los primeros cristianos, los místicos, y el propio San Pablo, han osado ser necios, trataré de llevar aquí mi necedad hasta el extremo. Los pensamientos interesantes suelen surgir de posiciones extremistas, porque es en los límites donde se experimenta el abismo abierto a los pies del saber oficialmente aceptado.

¿Cómo son - por tanto- los cuerpos que resucitan? Nietzsche dice que «sólo donde hay sepulcros hay resurrecciones» (7). La pregunta tiene un cierto regusto necrofílico, un deje de profanador nocturno de tumbas. ¿Qué puede surgir de un sepulcro? A lo mejor, un cadáver. Pero incluso en un cadáver cabe la pregunta sobre qué tipo de cadáver resucita. Depende siempre del grado de descomposición en que se encuentre; incluso hay cadáveres incorruptibles.

En el cristianismo, no hay duda: Creo en la resurrección de la carne. El cuerpo que resucita es, en la teología tradicional, un cuerpo de carne, pero de carne indeferenciada, sin escisiones. Cuando San Pablo habla del cuerpo glorioso, del cuerpo espiritual que resucitará como cuando emplea la metáfora del cuerpo místico, insiste en esas características: «Dios dispuso el cuerpo dando mayor decencia al que carecía de ella, a fin de que no hubiera escisiones en el cuerpo, antes todos los miembros se preocupen por igual unos de otros» (8).

El cuerpo cristiano se caracteriza por la indiferenciación entre sus miembros, en tanto todos son iguales en Cristo. La doctrina del cuerpo místico es la idealización de este cuerpo, no ya como organismo, sino como organización. La comparación entre Iglesia y cuerpo es constante, con la singular peculiaridad de que la Iglesia en tanto cuerpo carece de un elemento fundamental, no es un cuerpo completo. Es Cristo quien aporta dicho elemento, lo cual suele expresarse metafóricamente diciendo que Cristo es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia: «llegándonos a aquel que es nuestra cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la caridad» (9) .

La descripción que hace San Pablo del cuerpo tiene, por tanto, las características de ser trabado, unido, no escindido, lo cual puede ser muy conveniente cuando se va a emplear como modelo de una organización con rasgos muy determinados. Además, hay que tener en cuenta que esto no es sino la descripción de un cuerpo ideal o, por decirlo de modo más preciso, de la imagen ideal que del cuerpo se hacía San Pablo. Sucederá que cuando él hable de resurrección de los cuerpos, siempre lo hará sobre dicho modelo (10).

El cuerpo cristiano está definido por la dignidad de todos los miembros que pertenecen a él, dignidad que les viene fundamentalmente de su pertenencia, de su participación de la vida de Cristo, que es la cabeza, más que de la función que desempeñen. Pero no hay que olvidar que de dicho cuerpo místico han quedado excluidos algunos miembros, los réprobos. Aunque se insiste constantemente en la unidad existente en él, que adquiere su plena realización tras el Juicio Final, hay otra imagen de dicho cuerpo, la de los miembros que pertenecieron pero que han sido excluidos y condenados al infierno. La doctrina de la unidad del cuerpo místico va inseparablemente unida a un desmembramiento que tiene lugar en todas las partes del cuerpo, a un auténtico despedazamiento del cuerpo. No se logra una identificación con el cuerpo místico sin la aparición en la sombra del fantasma del cuerpo despedazado. La reunificación de todos los miembros en el cuerpo místico sólo tiene lugar para algunos miembros. Numerosas partes que pertenecieron al cuerpo no estarán integradas en el cuerpo glorioso: serán órganos que tendrán que pagar sus culpas por sus respectivas perversidades.

Todavía una precisión sobre el cuerpo místico. Cristo, en tanto Redentor, es el que asume todas las culpas de los bienaventurados, permitiéndoles con ello su participación plena en el cuerpo. El órgano del cuerpo que representa Cristo, por tanto, es muy peculiar, pues soporta sobre sí todas las maldades que han sido perdonadas, redimidas por Cristo. De entre todas las funciones «malas» del cuerpo hay algunas que serán toleradas en el cuerpo de la Iglesia. La sexualidad matrimonial será, de este modo, santificada. Lo que queda eliminado del cuerpo cristiano (pese a su pretendida unidad) son los órganos perversos, lo réprobo, únicamente. Además, tras la resurrección, los bienaventurados nunca van a preocuparse por la existencia infernal de dichos elementos perversos. El cuerpo desmembrado pertenecerá a otro orden de cosas, estará situado en otro lugar, desde el cual no perturbe la felicidad y la unidad del cuerpo místico realizado ya en su perfección. Precisamente por esto decía hace un momento que San Pablo está hablando de un cuerpo ideal, que pretende reconocerse a sí mismo como cuerpo en la felicidad y en el goce, pero negando que dicha identificación con el propio cuerpo tenga como otra cara, absolutamente necesaria, la angustia producida por la aparición inesperada del fantasma del despedazamiento del propio cuerpo, lo que Lacan ha llamado «corps morcelé». La unidad del cuerpo cristiano va a verse asaltada, desde otro orden, desde otro lugar, desde el inconsciente, por la visión alucinatoria, fantasmática, de su mismo cuerpo despedazado.

Dioniso y el despedazamiento del cuerpo

El aspecto fundamental del mito de Dioniso respecto al tema del cuerpo era el que se refería a su despedazamiento por los Titanes. Lo que se celebraba en las fiestas dionisíacas era este despedazamiento y la reunificación anual de todos sus miembros en un único cuerpo, reunificación en la cual, de algún modo, el propio Dioniso entraba, por la vía de la embriaguez dionisíaca, en los participantes en el misterio. El momento de exaltación que se producía en las orgías dionisíacas provenía de esta unificación de todos en el dios, en tanto el cuerpo de éste, lo mismo que los participantes, había sido desmembrado, pareciendo que sus órganos no tenían nada en común; al celebrar su reunificación se lograba una identificación entre todos los participantes, y de ahí la alegría, al verse todos como idénticos, entre sí y con Dioniso. Se celebraba un martirio, pero también una resurrección. Y en esta resurrección del cuerpo dionisíaco experimentaban la profunda unidad de todos sus cuerpos, muy por encima de su aparente individuación.
Nietzsche siempre conectará este mito del cuerpo de Dioniso con el tema de la necesaria superación del individuo. Para él, Apolo es el dios de la individuación, el que resuelve el problema trágico de la diferenciación entre los hombres mediante el fácil expediente de su separación en individuos. Sin duda Nietzsche también es un defensor del individuo, cuando éste aparece contrapuesto a la especie. Pero estos dos conceptos - dirá deben ser superados. Frente a Apolo, el martirio de Dioniso permite celebrar, en el momento de alta tonalidad vital que Nietzsche califica de embriaguez dionisíaca, la participación de todos los exaltados en una unidad primordial, superadora de la angustia anterior ante el despedazamiento, de la separación entre todos los miembros, entre todos los individuos. Esta asimilación del fantasma del despedazamiento del cuerpo, del aislamiento de cada uno de sus miembros, de su incomunicación, se logra en la experiencia dionisíaca, en la orgía, en un momento de plena superación del sí mismo y de integración en un ser primordial al que Nietzsche alude con frecuencia en El origen de la tragedia.

Mientras Apolo sólo expresa la separación entre los miembros y mientras el Crucificado remite su reunificación a un lejano Apocalipsis, Dioniso expresa la posibilidad de asumir, en un momento vitalmente intenso, este despedazamiento y, afrontando la angustia que la experiencia de la individuación lleva consigo, llegar a la reunificación del cuerpo, a la plena afirmación del mismo, que se produce en la fiesta dionisíaca. Como dice Nietzsche: «Apolo se eleva ante mí como el genio del principio de individuación, único que puede realmente suscitar la felicidad liberadora en la apariencia transfigurada: mientras que, al grito de la alegría mística de Dioniso, el yugo de la individuación se rompe y se abre el camino hacia las causas generatrices del ser, hacia el fondo más secreto de las cosas» (11).
A Apolo, y de modo aún más reactivo al cristianismo, sólo le cabe, ante la angustia del propio cuerpo individual que se expresa en el despedazamiento, el recurso de transfigurar el cuerpo, de elaborar un cuerpo ideal con el que sea posible la identificación y con ello la afirmación del cuerpo propio como completo, como no castrado. Pero ese cuerpo transfigurado es puramente aparente, está fosilizado. En la danza dionisíaca se llega a la afirmación plena del cuerpo, asumiéndolo precisamente en su despedazamiento, en su castración. Al dar expresión a este reunificarse - y el dar expresión sólo se concibe en el arte, a través de un lenguaje- puede uno superar la individualidad de su propio cuerpo y llegar a la identificación con la naturaleza. Sólo a partir de esto puede hablarse de tragedia. En su origen está el culto dionisíaco. Pero éste depende de un momento de alta tonalidad vital, de gran expresión corporal, y tenderá constantemente a repetirlo. El arte (y sobre todo la música) sería el medio que encontró el culto dionisíaco para darse prolongación a sí mismo y poder repetir esa experiencia de la exaltación. En sus libros posteriores, Nietzsche defenderá la danza como arte propiamente dionisíaco.

Pero en tanto lo dionisíaco se expresa en el arte, sobre todo si lo hace por medio del lenguaje, penetra en el terreno de lo apolíneo. De ahí que en Nietzsche lo apolíneo y lo dionisíaco no aparezcan separados. Apolo, reino del lenguaje, en donde impera la individualidad del «yo», permitirá a Dioniso expresarse, pero a su vez el impulso a la expresión proviene de Dioniso, de modo que incluso el arte más formalizado (incluso el concepto más abstracto, dirá Nietzsche cuando aparezca Sócrates como enemigo caracterizado de lo dionisíaco) tiene su raíz en algún elemento dionisíaco. Dicho elemento aparece enmascarado y petrificado, pero un genealogista experto puede descubrirlo y llevarlo a su máxima expresión en la multiplicidad de las caras, facetas y formas de decirlo que hay. Llevando lo apolíneo hasta el extremo, hasta su máxima fluidez, es como puede brotar en su originalidad lo dionisíaco. «Dioniso habla la lengua de Apolo, pero Apolo habla finalmente la lengua de Dioniso; y de este modo es alcanzado el fin supremo de la tragedia y el arte » (12).

Esta plena expresión de Dioniso no es un estado duradero; más bien es una cumbre de expresividad a la que se llega cuando lo dionisíaco reaparece efectivamente más allá de sus velos apolíneos. Precisamente es lo que pretende el estilo basado en aforismos: llegar a la fórmula particularmente expresiva, que lo es sobre todo por su diferencia con otras máximas en las que pretendió expresarse el mismo impulso. Se trata de llegar a las montañas más elevadas de entre todas las que forman los aforismos, pero no por el placer de subir, sino por el de saltar de una a otra. Frente al concepto del saber como trabajoso ascenso y progreso por sus pasos necesarios, como enseñanza, Nietzsche trata de recuperar el de experiencia y, aún más, el de multiplicidad de experiencias para dar cuenta de una misma combinación de impulsos. Frente al espíritu de la pesantez que asciende lentamente cada montaña (y a algunos sólo a hombros del propio Zaratustra), Nietzsche tiene largos pies para saltar de una montaña a otra, de una experiencia en la que lo dionisíaco consiguió expresarse en un aforismo a otra en que lo hizo de modo diferente. Esta ligereza, esta permeabilidad de lo dionisíaco para aparecer bajo una multiplicidad de máscaras, es lo que puede caracterizar el pensamiento de Nietzsche en el tema del cuerpo de Dioniso.

Este se distingue por la enorme fluidez de todos sus miembros, por la multiplicidad de expresiones que puede lograr cada uno de ellos, por la no fijación ni limitación de los elementos simbólicos que pueden expresarlos. La unidad del cuerpo dionisíaco es propiamente esta fluidez, esta pluralidad de símbolos que expresan cada una de sus partes, este pleno deslizamiento de la función pretendidamente única de cada órgano hasta una multiplicidad de representaciones de los impulsos (y no las funciones) que le caracterizan.

El cuerpo dionisíaco es lo más opuesto a un esqueleto.

El eterno retorno del cuerpo

Nietzsche no sólo es un pensador de la muerte de Dios, no sólo es un adversario del cristianismo, en tanto forma de nihilismo. Su doctrina fundamental - el punto solsticial de la historia, lo llama- es la del eterno retorno. Pensamiento radical, sin duda alguna, que obliga para soportarlo a morder la cabeza de la serpiente, introducida en la boca del pastor y, después, en la del propio Zaratustra.
Una serpiente introducida en la boca propia, y que produce el ahogo, no puede ser considerada como algo exterior al propio cuerpo. Morderla es morderse. 0, por decirlo de modo más claro, es aceptar la propia castración. La experiencia del eterno retorno (en tanto experiencia y no como doctrina), en la imagen que de ella da Nietzsche, es una experiencia de castración. Y no hay que olvidar que «el momento en que yo he concebido el eterno retorno es inmortal, y a causa de dicho momento yo soporto el eterno retorno» (13). Es la experiencia lo que permite aguantar la doctrina. No hay posible comprensión, no se puede oler la idea del eterno retorno si no es en un estado de alta tensión vital, uno de los estados en que Nietzsche escribía el Zaratustra, o, si se quiere, el de la revelación que tuvo en Sils- Marie de dicha doctrina. Nietzsche no trata de exponerla para todo el mundo, sino sólo para los que la pueden entender, que son aquellos que han pasado la experiencia del eterno retorno. Así es como se constituyen los adeptos del Círculo Vicioso del que habla Klossowski (14).

Pero entonces, si el eterno retorno supone haber asumido el cuerpo propio como castrado, ¿qué significado puede tener dicha doctrina con respecto al cuerpo? Desde luego, sólo uno: el eterno retorno de lo idéntico significa también retorno del cuerpo idéntico, retorno eterno del cuerpo castrado.

Hay que soportar la idea del eterno retorno del cuerpo castrado; hay que ser un camello, tener grandes hombros para soportar dicha idea. Pero, además, hay que afirmar esa castración del cuerpo como propia y como deseada. El camello debe transformarse en león. Por último hay que superar el asco que produce la idea del eterno retorno, la angustia del cuerpo propio despedazado eternamente, y verla en su absoluta inocencia: para ello el león debe transformarse en niño. Sólo el niño puede afirmar esa inocencia, pues no está atado a un cuerpo suyo, a una identificación con su cuerpo. Todavía es perverso y polimorfo.

Para aceptar esta idea, en efecto, hay que haber pasado por morder uno mismo la cabeza de la serpiente, es decir, por la autocastración, por la identificación con el padre al que le era atribuida la castración. Recuérdese que en la escena del pastor Zaratustra trata de arrancarle la serpiente de la boca, pero no puede: nunca la castración es exterior a uno. Ha de ser el propio pastor el que muerda la cabeza de la serpiente. No basta con soportar la idea del cuerpo propio castrado; hay que transformarse en león y verse a sí mismo en la autocastración. Hay que identificarse con la deforme figura de Saturno devorando a sus hijos.

Pero - en Nietzsche- todavía no es suficiente. No en vano de la idea de eterno retorno él puede deducir una parodia del imperativo categórico: «No viváis contemplativamente esperando bienaventuranzas y gracias desconocidas, sino de modo que quisierais vivir otra vez y vivir del mismo modo eternamente» (15). Puesto que ese es nuestro destino, la voluntad de poder quiere ese destino, y lo quiere eternamente, superando el asco del nihilista ante el eterno retorno.

En Nietzsche no basta con haber asumido la castración del cuerpo como propia, como hecha por uno. Pues esta aceptación se puede hacer en la resignación, en la culpa. Lo propiamente dionisíaco es desear la autocastración, y desearla repitiéndose eternamente. Es afirmar la radical inocencia del cuerpo castrado, es aceptar el pasado como deseado por uno (16), ver que el pasado no tiene ninguna culpa que pagar, único modo de que podamos vivir el presente deseándolo para su eterna repetición, y no referiéndolo a un futuro que le daría sentido, lo cual sería propio de un pensamiento nihilista. Y Nietzsche quiere diferenciarse al máximo de eso, porque él a su vez fue nihilista: «Que yo he sido hasta aquí fundamentalmente nihilista, hace muy poco tiempo que me lo he confesado a mí mismo: la energía o el radicalismo con que he marchado como nihilista me han ocultado este hecho importante» (17) .

El eterno retorno sólo adquiere su sentido pleno si el león se transforma a su vez en niño, si se afirma y se experimenta la radical inocencia del devenir. «Únicamente la inocencia del devenir nos da el gran valor y la gran libertad» (17). 0, si quisiésemos decirlo en una formulación más rica para confrontarla con la de Freud: la castración del propio cuerpo, el fantasma del cuerpo despedazado, retorna constantemente, por mucho que se esfuerce la conciencia en denegarla. Pero ese retorno puede ser experimentado de dos modos: en el gran asco, en la angustia, en el temor a la castración o, por el contrario, en una nueva y posterior experiencia: la de la afirmación y el deseo del eterno retorno. Para Nietzsche, en el tema del cuerpo, Freud sería el nihilista perfecto. Frente a él, Zaratustra profetiza el advenimiento de una nueva especie superadora de dicho nihilismo: el superhombre. Sin embargo, no hay que olvidar que el propio Nietzsche es un nihilista y que considera al nihilismo como el destino de Europa. Pero el nihilismo, el producto más coherente con el hombre, debe ser superado porque el hombre debe ser superado. El mismo Zaratustra es «El convaleciente» antes de poder hablar del eterno retorno. Pero tras su convalecencia se levantará fuerte y alegre y volverá a bajar de su montaña para cometer su último pecado de compasión, al acudir a la llamada de auxilio del hombre superior, que es todavía incapaz de desear eternamente su propio cuerpo castrado (18).

Sólo tras la convalecencia, tras la superación del nihilismo, tras la experiencia del cuerpo castrado y a pesar de ello (¿por ello?) inocente, podrá hablarse en Nietzsche de una auténtica resurrección de los cuerpos. El cuerpo del que hablará Nietzsche refiriéndose al superhombre será un cuerpo que podrá ser deseado retornando eternamente. Será un cuerpo resucitado, pero de nuevo en el sentido de cuerpo glorioso. Será un supercuerpo.

Hombres superiores, superhombres, supercuerpos y superdragones

«Escuchadme a mí, hermanos, escuchad la voz del cuerpo sano, que es una voz más pura y más honrada. El cuerpo sano habla más pura y lealmente; el cuerpo perfecto y cuadrado; y habla del sentido de la tierra»" (19).

Nietzsche es un pensador del cuerpo sano. Esto no es contradictorio con su enorme valoración de la enfermedad, con la unidad en que ve siempre la salud y la enfermedad. La enfermedad - y en su caso lo fue claramente- puede ser una ocasión insustituible para reconocer el cuerpo propio como de tipo sano, por muchas enfermedades que deba aguantar a lo largo de su vida. Nietzsche, en tanto médico, no se interesa por el problema de la cura del cuerpo enfermo, sino por la diferenciación entre cuerpos sanos y cuerpos que expresan un impulso decadente, nihilista. El cuerpo sano ha de ser capaz de la danza, de la afirmación dionisíaca de la vida en la multiplicidad de formas en que puede aparecer, debe ser fundamentalmente polimorfo. «Yo soy una ley únicamente para los míos, no soy una ley para todos. Mas quien me pertenece tiene que tener huesos fuertes y también pies ligeros, deben gustarle las guerras y las fiestas, no ser un hombre sombrío, ni un soñador, debe estar dispuesto a lo más difícil como a una fiesta suya, hallarse sano y salvo» (20). Y ello porque sólo en la multiplicidad de formas es posible que una fuerza no se limite a aparecer, sino que tienda sobre todo a crecer en intensidad. Lo cual caracteriza a la voluntad de poder.

En esa polimorfía la pluralidad de impulsos que actúan en todo cuerpo adquiere posibilidades de manifestarse y, sobre todo, de desarrollarse, de aumentar todos ellos en intensidad, en poder, de llevar al extremo el conflicto originario que existía entre todos esos impulsos. En un cuerpo uniforme, por el contrario, la expresión que consigue ese conflicto instintivo es muy pobre en variantes y por ello acaba anquilosándose, para degenerar posteriormente.

La tragedia dionisíaca precisaba para poder aumentar en intensidad del apoyo del arte, del lenguaje, de lo apolíneo, por mucho que velase el conflicto inicial. Pues, aún oscureciéndolo, ofrecía a lo dionisíaco algo imprescindible: una multiplicidad infinita de posibles expresiones. En este sentido es en el que afirmo que el cuerpo sano del que habla Nietzsche es un cuerpo esencialmente polimorfo. De lo contrario, el otro gran pilar de su doctrina, la voluntad de poder, no tendría cabida en dicho cuerpo, pues para desarrollarse exige una pluralidad de elementos donde manifestarse.
Porque Nietzsche en ningún momento ha olvidado su condición de pensador trágico: el conflicto entre voluntades poderosas permite aumentar su poder a todas ellas y, lo que es más importante, al crecer en grado de intensidad llegan a expresar el conflicto primordial de la naturaleza, que define lo trágico para Nietzsche. Un cuerpo sano debe ser el que manifieste dicho conflicto de la naturaleza en el grado más intenso posible.

La pregunta que me hago es: ¿mantiene Nietzsche su pensamiento trágico cuando se pone a hablar del cuerpo del superhombre?

Por de pronto, veamos el discurso que Zaratustra dirige a los hombres superiores, en tanto posibles precedentes del superhombre:

«Tampoco sois lo suficientemente bellos ni de buena raza, para mi gusto. Yo tengo necesidad de espejos puros y lisos para recibir mi doctrina; reflejada por vuestra superficie, mi propia imagen sería deforme», y después continúa: «Yo espero a otros aquí, sobre estas montañas y sin ellos no quiero dar un paso lejos de aquí; otros que serán más grandes, más fuertes, más victoriosos, hombres más alegres, construidos a plomo y cuadrados de la cabeza a los pies: ¡es preciso que vengan, los "leones reidores"! » (21).

El cuerpo de los hombres superiores no es todavía el del superhombre. Parece que los supercuerpos, aparte de ser bellos, fuertes, perfectos y cuadrados, tienen necesidad de que incluso sus imágenes no sean deformes. El problema es: un cuerpo de este tipo, ¿sigue siendo un cuerpo? ¿Puede existir un cuerpo sin el riesgo de tener que identificarse con su imagen, por deforme que sea ésta, por cóncavo e irregular que sea el espejo que la refleje? Aún más, ¿es algo más el cuerpo que esa identificación con sus imágenes, que esa infinita deformidad y monstruosidad posible en sus imágenes?

El superhombre de Nietzsche parece demarsiado apolíneo; tiene una única forma. Se ha perdido aquella multiplicidad de máscaras y de formas que constituian al cuerpo dionisíaco. Cuando se habla de cuerpo perfecto, cerrado y construido a plomo (22), se está hablando de un cuerpo compacto, se está llegando a un cuerpo ideal en el cual ya no se asume, ni se desea, ni se celebra, el despedazamiento del mismo, su castración. Y, ¿acaso no debe retornar eternamente el martirio dionisíaco?
Evidentemente, el supercuerpo debe ser flexible y capaz de danzar. Pero danzas hay de muchos tipos. Un cuerpo apolíneo puede no perder en absoluto su apolineidad, sino más bien perfeccionarla, hacer su belleza aún más formal, en numerosas danzas. El problema es que, en estos tipos de baile, difícilmente se acaba con el grito que expresaba la alegría mística en los cultos dionisíacos.

El cuerpo que Nietzsche anticipa al superhombre parece haber prescindido de los aspectos dionisíacos que hasta ahora tenían los anteriores. En otros campos es cierto que lo apolíneo, llevado a sus extremos, acaba expresándose como dionisíaco. Así, la ciencia, que surgió negando el mito, se ha revelado como fecunda creadora de nuevos mitos. Pero en el cuerpo del superhombre, tal y como lo describe Nietzsche, difícilmente aparecen elementos dionisíacos. El mismo aspecto de embriaguez, de exaltación, de afirmación pura y plena de sí mismo en el despedazamiento del sí mismo, que caracterizaba las danzas dionisíacas, ha desaparecido cuando se habla del superhombre: «su palabra (la de Zaratustra) pronunció el panegírico del egoísmo, pero del egoísmo sano y bueno, que brota del alma poderosa, del alma poderosa que vive en un cuerpo superior, bello, victorioso y confortante, en torno del cual todas las cosas se convierten en espejos: un cuerpo flexible y persuasivo, el danzador cuyo símbolo y cortejo es un alma contenta de sí misma» (23).

El conflicto trágico del que Nietzsche hablaba ha decaído mucho cuando se describe el superhombre. El mismo parece reconocerlo, y en un momento dado afirma que dicho conflicto no disminuirá en absoluto con el superhombre, porque entonces existirá un superdragón que amplifique y desarrolle el antagonismo al superhombre (24). Pero este superdragón aparece como exterior al superhombre o, por lo menos, a su cuerpo, en tanto éste es perfecto. Con esta exteriorización, los elementos trágicos disminuyen apreciablemente.

Todo este desarrollo nos ilustra sobre la dificultad del tema que afrontó Nietzsche: la afirmación y el deseo de la autocastración simbólica del cuerpo, en tanto éste es radicalmente inocente. Dentro de una trayectoria no cristiana ha sido Sade quien se ha interesado por este tema, aunque en una perspectiva muy distinta: la afirmación de la perversión es el elemento clave en que basará Sade su tratamiento del cuerpo.

Ya es tiempo de que nos hagamos la pregunta clave: el cuerpo, ¿resucita por su inocencia o por su perversión? 0, yendo más lejos, de verdad se oponen la inocencia en el sentido nietzscheano y la perversión tal y como la significa Sade? ¿No habría en Nietzsche elementos para pensar que es sólo la perversión del cuerpo llevada a sus extremos lo que permite hablar de una inocencia del cuerpo?

Lo que está en juego, en último término, son los caracteres del cuerpo: si sólo es polimorfo o, como la libido infantil de que habla Freud, es polimorfo y perverso, por cuanto es inocente como la sexualidad infantil.

El león, al transformarse en niño, debe asumir esta condición perversa e inocente, en el sentido plenamente nietzscheano de amoral. Como dice Nietzsche: «La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar lo serio de cuando se era niño» .

Al afirmar un cuerpo no sólo polimorfo, sino también perverso, lo que estoy marcando es la dependencia que una afirmación del cuerpo propio, que se da en el goce, tiene con respecto a la ley que lo ha constituido como unidad, inseparable del fantasma de castración y despedazamiento. Como dice Bataille en L'érotisme, el goce surge de la transgresión, y este impulso a la transgresión es lo que permite una superación de lo prohibido. Más problemático me parece el carácter hegeliano que, explícitamente, da a dicha superación; pues difícilmente podrá evitarse la aparición de una meta, el espíritu hegeliano, a la que tiende, aun sin certeza subjetiva de que ello suceda. Pero el mismo Bataille elimina esta dependencia de sus maestros cuando afirma: «El ser en verdad se divide, su unidad se rompe, desde el primer instante de la crisis sexual. En ese momento, la vida pletórica de la carne choca con la existencia del espíritu. Incluso el acuerdo aparente no basta: la convulsión de la carne, más allá del consentimiento, pide el silencio, pide la ausencia del espíritu» (26).

Lacan con Sade

Un eterno retorno de los cuerpos, una resurrección de los cuerpos sólo tiene sentido en Nietzsche a partir de una disolución de la identidad personal, de una desaparición del espíritu aparición, como dice Bataille, de una disolución del yo. Un cuerpo dionisíaco resucitado es un cuerpo liberado de su culpa, un cuerpo que desea su propio despedazamiento, en tanto lo que queda descuartizado es el yo que impedía la resurrección de los cuerpos al afirmar: «Esto es mi cuerpo.»

En la teoría cristiana del cuerpo místico, los miembros pertenecían al cuerpo por su referencia a Cristo, que era la cabeza, por ser todos iguales en Cristo.

Aparentemente, era la cabeza el órgano en torno al cual giraban todos los demás. Se trataba de un cuerpo centralizado: sus miembros adquirían valor por su subordinación a la cabeza, a lo espiritual. Incluso la resurrección de los cuerpos basaba su realidad como esperanza en el hecho de que Cristo ya había resucitado, con lo cual el pecado había sido vencido. Y fue el pecado el que introdujo la muerte de los cuerpos en el mundo; por eso la resurrección de Cristo es fundamentalmente un primer triunfo contra la muerte, anticipo del definitivo triunfo final de la resurrección de los cuerpos. Al celebrar en la Eucaristía la Pasión y la Resurrección se participa de algún modo en dicho triunfo sobre la muerte; de ahí la relación existente entre la Eucaristía y la resurrección de los cuerpos: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día» (San Juan 6, 54). Los gnósticos, que negaban la resurrección, fueron criticados por San Ireneo precisamente basándose en esa argumentación: «Si nuestros cuerpos participan de la Eucaristía, entonces ya no son corruptibles, porque tienen la esperanza de resucitar para siempre» (Adv. haer. IV, 18, 5). Es la participación en el cuerpo resucitado de Cristo lo que permitía a los primeros cristianos esperar su propia resurrección; el carácter místico de sus cenas provenía de todo esto: no de una pretendida transustanciación, sino de que se estaba celebrando una resurrección corporal, que anticipaba la que en el futuro - que creían inmediato- iba a permitirles a ellos y a sus muertos resucitar. Recientemente, algunos teólogos protestantes se han interesado por el tema del cuerpo en los primeros cristianos (27), para hacer ver las enormes diferencias entre sus teorías y las que tradicionalmente han sido consideradas como teoría cristiana sobre el cuerpo.
De cualquier forma, la referencia a Cristo como cabeza, que permite hablar de un cuerpo espiritual, aparece numerosas veces en San Pablo. Lo subversivo de Freud está en desenmascarar esta pretendida espiritualización del cuerpo, descubriendo otro orden, el inconsciente, que desmiente constantemente ese cuerpo espiritual, haciendo ver en los puntos de discontinuidad del discurso consciente la aparición de un deseo inconsciente expresivo de una economía libidinal absolutamente distinta de la ideafizante unidad de los miembros en la cabeza que es Cristo.

Posteriormente Freud, al investigar esa economía libidinal, hizo su descubrimiento capital: el Edipo. Y el Edipo, respecto al tema del cuerpo, expresa que todos los deseos iniciales del niño, en toda su polimorfía y perver­sidad, han de pasar por una genitalización o una sublimación (que es lo que se considera como ideal de la cura), teniendo como otras salidas la perversión y la locura. Freud, y todavía más W. Reich, se constituye como defensor de las dos primeras posibilidades, que suponen la subordinación de todos los órganos corporales a uno privilegiado, el falo, pues el complejo de castración es el que rige el desarrollo del Edipo, tanto en el hombre como en la mujer.

Posiblemente es Lacan (aunque desde una perspectiva muy diferente, en absoluto optimista respecto a la cura, como Freud en su Análisis terminable e interminable) quien ha visto con más claridad esta aparición, en Freud, de un significante privilegiado, el falo, al cual se refiere todo el orden inconsciente. Ello hasta el punto de que el niño, para pasar el Edipo, debe afrontar fundamentalmente los problemas de tener el falo y de ser el falo, primeramente, en tanto objeto del deseo de la madre; teorías que Lacan desarrolla en profundidad en muchos artículos de sus Ecrits, singularmente cuando se refiere a la sexualidad femenina.

En el psicoanálisis, resumiendo, tendríamos una teoría del cuerpo muy distinta al cristianismo. Por de pronto, queda de manifiesto que cuando se hablaba de cabeza se estaba aludiendo al falo. En efecto, el cuerpo interesa en tanto desempeña un papel fundamental en la constitución del inconsciente, orden simbólico y referido a un significante privilegiado, el falo, cuya adecuada adquisición permite la «salud mental». La psicosis (el caso del presidente Schreber) puede ser una de las consecuencias de la no adquisición de dicho significante en el lugar central que le corresponde, al suponer un trastoque absoluto de la estructura del inconsciente.
Sin embargo, en el mismo momento en que Lacan se esfuerza por demostrar, tanto en la perversión como en la locura, la dependencia que tiene respecto al significante falo, se está reproduciendo una estructura de cuerpo centralizado, esta vez en torno al falo.

En el caso de Sade, defensor vigoroso de la perversión en el tema del cuerpo, es claro que hay una subordinación de todas las perversiones a la sodomía y, paralelamente, de todo el cuerpo al ano. Su afirmación de la sodomía como placer máximo del libertino viene de una crítica a cualquier función «natural» asignada a un órgano corporal y en particular, a la función reproductora pretendidamente central en la sexualidad. Sin duda la sodomía, y el ano, llenan bien este papel de críticos de la funcionalidad orgánica; pero, en resumen, Sade pensará al cuerpo centrado en torno a dicho órgano, así como las relaciones sexuales normales, no perversas, se centran en el papel del falo, el cual define la meta, el orgasmo masculino, aunque dé un margen de satisfacción a las pulsiones parciales.
Lacan, en su «Kant con Sade», ha visto que esta crítica por parte de Sade de la funcionalidad, esta defensa de la perversión, sigue atada radicalmente a la Ley que rige el orden inconsciente, Ley impuesta por el Padre simbólico en tanto poseedor del falo.

De todos modos, aparece claro que tanto en el cristianismo, como en el psicoanálisis, como en Sade, se mantiene a rasgos generales una idea de cuerpo coherente en tanto referido a un centro, de unidad del cuerpo en tanto éste sea un cuerpo centralizado alrededor de un órgano.

A partir de Klossowski

El resumen de estas tres teorías nos puede dar idea de las consecuencias de un pensamiento sobre el cuerpo como el que vimos antes en Nietzsche, en lo referente al eterno retorno y a Dioniso. Afirmar el despedazamiento del cuerpo, desear que se produzca eternamente, supone una ruptura radical con todas estas teorías; por de pronto, en cuanto al cuerpo centralizado en un órgano.

El despedazamiento de Dioniso, al ser deseado, expresa la ruptura, la explosión, de un cuerpo del tipo anterior, centralizado. Pero no sólo eso. Si Dioniso se despedaza es para expresar la insuficiencia del individuo en su recomposición posterior.

Afirmar el cuerpo dionisíaco, afirmar el eterno retorno de dicho cuerpo, supone hacer una crítica del yo, del concepto de individuo. Es, ante todo, una crítica del nombre propio. La experiencia del eterno retorno incluye verse como la infinita serie de individuos que se va a ser, y verse como idéntico a ellos. En el delirio final nietzscheano, supondrá firmar Dioniso firmar Nietzsche, firmar el Crucificado. Y sin duda es una locura que va de acuerdo con la doctrina del eterno retorno.

Con respecto al cuerpo, por tanto, ya no tendrá sentido hablar de cuerpo propio, no porque el cuerpo no exista, sino porque se ha volatilizado ese «yo» que permite hablar de propio. Sólo en la ruptura de la identificación con el cuerpo propio se puede hablar de cuerpo dionisíaco. Si en Lacan esa identificación con la imagen en el espejo era la etapa fundamental en la constitución del sujeto y en la aparición del yo (28), aparte de preludio de su posterior identificación con el falo y con el Otro simbólico (supuesto completo), ya en dicho estadio del espejo aparecía el fantasma del despedazamiento, del cuerpo troceado inseparable de dicha identificación con el propio cuerpo. Nietzsche hace ver que en este despedazamiento está la aniquilación de «mi» cuerpo, así como de «mí», o, al menos, eso es lo que intenta expresar dicho fantasma. Pero en tanto Dioniso habla en términos apolíneos, en los que el yo y el individuo están en su campo, esa aniquilación se logra expresar muy pocas veces. Unicamente en los momentos de alta tonalidad vital, de embriaguez dionisíaca, desaparece el espíritu, queda reducido al silencio. El Yo es aniquilado y el cuerpo resucita.

Si se rompe la estructura centralizada del cuerpo es porque se rompe «mi» cuerpo, se despedaza el yo en una pluralidad de impulsos puramente azarosos. En efecto, el privilegio del signo «yo» en el lenguaje usual, como señala Klossowski (29) proviene de ocupar una posición absolutamente central en dicho sistema de signos. La disolución del yo, su silencio, supone una explosión de esta estructura centralizada del lenguaje; paralelamente, tiene lugar una destrucción parecida del cuerpo centralizado, sea en torno a la cabeza, al falo o en torno al ano. Al atacar el yo se está defendiendo la posibilidad de un cuerpo plurimorfo, en el cual difícilmente se puede identificar un órgano si no es en la pluralidad de funciones, perversas o no, que puede desempeñar; en su infinitud de significaciones.

Se trata de una ruptura con el concepto de identificación, o, más bien, del hallazgo de un nuevo tipo de identificación. En efecto, si volvemos al cristianismo y a su resurrección de los cuerpos, la polémica fundamental fue si los cuerpos resucitados eran iguales a los actuales. Orígenes lo negaba, relacionándolo con el problema de si los cuerpos gloriosos tenían o no órganos sexuales. Pero es una excepción: "Según doctrina universal, el cuerpo resucitará en total integridad, libre de deformidades, mutilaciones y achaques". Santo Tomás enseña: "El hombre resucitará en su mayor perfección natural, y por eso tal vez resucite en estado de edad madura. Pertenecen también a la integridad del cuerpo resucitado todos los órganos de la vida vegetativa y sensitiva, incluso las diferenciaciones sexuales (contra la sentencia de los origenistas). Pero, sin embargo, ya no se ejercitarán las funciones vegetativas. Serán como ángeles en el cielo" (30).

El cuerpo glorioso es un cuerpo no castrado, con sus órganos sexuales, pero a los que les faltan sus funciones vegetativas. No hay opción a esos momentos de disolución del espíritu, de disolución del yo (y cómo iba a haberla, si el cielo es la máxima afirmación de lo espiritual, de la idealización del cuerpo), que pudieran turbar la armonía y unidad de dichos cuerpos. Ya dije antes que de lo que se trata aquí es de una identificación con un cuerpo ideal, el cuerpo de Cristo. Es con este mecanismo de identificación con el que se va a romper.

Frente a esta mítica «perfección natural» de un cuerpo de que habla Santo Tomás, y que lo único que expresa es el horror a la castración de dicho cuerpo, a su no perfección, lo que se deduce del pensamiento de Nietzsche es la crítica radical al concepto de cuerpo propio, afirmando la diferencia que aparece en eso que se llama «mi cuerpo» a lo largo de las distintas edades, pero no sólo eso, sino también a través de los distintos momentos. Frente al «Esto es mi cuerpo» el «no existe mi cuerpo, por eso resucita el cuerpo». Se intenta marcar la contraposición entre el cuerpo meramente apolíneo, que se afirma como propio y que teme la castración y la muerte, siendo incapaz del riesgo, y el cuerpo en un momento de alta tonalidad vital, en el que se rompe esa estructura triplemente centralizada (respecto al yo, respecto al falo, respecto a la muerte), y en el que aparece un nuevo lenguaje de síntomas corporales absolutamente distintos, sea en la danza, en la embriaguez dionisíaca, en la crisis sexual de que habla Bataille o en la locura.

El pretender una identidad del cuerpo a lo largo de los diversos momentos, en sus distintas intensidades, supone autocolocarse en una posición exterior, de espectador, de testigo, y ya vimos que el más feo de los hombres había matado a Dios porque éste pretendía constatar que su cuerpo continuaba siendo el mismo en todos los momentos, porque era el soporte de la pretendida identidad del yo. Los testigos, los espectadores, corren el peligro de ser asesinados por los hombres más feos, que son muchos, y que hablan por boca del inconsciente.

De aquí proviene también la crítica de Nietzsche a la ciencia, y su defensa del arte en tanto creación. La ciencia que tendría sentido para Nietzsche, la filosofía que él trata de hacer, es la que habla de las experiencias, de esos momentos de gran vitalidad, y que, aunque se expresa en un lenguaje al que constantemente acusa de ser inválido para ellas, sin embargo, en la multiplicidad de figuras en las que lo hace, en el modo diferente de exponerlas, puede dar cuenta de dichas experiencias precisamente allí donde no trata de definirlas ni de enmarcarlas en una serie de conceptos: en el paso de un aforismo a otro, en ese salto entre dos elevadas montañas en el que se reexperimenta la profundidad del abismo que se abre entre una y otra, paralelo al que separa un instante de otro. Todo ello se diferencia de la platitud de determinados lenguajes científicos, o del trabajoso ascenso que se supone regla de oro de la pedagogía científica, en tanto se piensa que se tiene algo que enseñar. De Nietzsche no se deduce una enseñanza, por suerte.

El cuerpo despedazado resucita a la pluralidad de impulsos (de voluntades de poder) que actuaban en él, y al haberse roto la estructura centralizada que impedía el desarrollo de dichos impulsos, el conflicto entre éstos puede ampliarse, puede recuperar sus propios caminos, su propia espontaneidad, por encima del corsé opresivo que le imponía el lenguaje. En esta resurrección de los impulsos se experimenta que en el despedazamiento resucitan muchos cuerpos, enmascarada una pluralidad de fuerzas por la pretendida identidad del cuerpo propio; fuerzas que, en sus infinitas combinaciones, pueden dar impulso a otros tantos cuerpos. Resurrección que, además, no está referida a un futuro, a una parusía, sino que, de encontrarla en algún lado, hay que buscarla en la destrucción de la identidad del cuerpo propio, en el asumir y desear su despedazamiento. Evidentemente, el aristocratismo de Nietzsche se deduce de modo inmediato. Una experiencia de ese tipo incluye estar acostumbrado a una crítica radical de sí mismo, haber afrontado y haber convalecido del nihilismo. Y aun con esta condición, nada está asegurado.

Nietzsche caracteriza tipos sanos y tipos decadentes a posteriori. El cuerpo de tipo sano es el que puede soportar esta experiencia del eterno retorno, de asunción del despedazamiento del cuerpo y del yo. Sus constantes enfermedades le dieron la convicción, al afrontarlas, de que él estaba dentro de ese tipo, de que era capaz de soportar la idea del eterno retorno, en tanto había pasado por su experiencia.
El problema máximo de toda la teoría es que no sólo hay que haber pasado por la experiencia, sino que dicha experiencia retorna eternamente, puede volver en cualquier momento. «El día de la parusía vendrá como ladrón» decían los Apóstoles en sus predicaciones a los primeros cristianos, expectantes ante la resurrección de los cuerpos. Para el adepto del Círculo Vicioso, para las personas que se han arriesgado a la idea del eterno retorno, el problema mayor es que dicha experiencia ya está retornando, se está repitiendo. En cualquier instante, de modo puramente azaroso, resucitaron- resucitan-resucitarán los cuerpos.

Si para una experiencia hace falta una larga preparación, toda una historia, el precio que por ahora exige su repetición es la locura. La teoría del cuerpo nietzscheano, su constante resurrección de los cuerpos, exige unas fuerzas muy superiores a las del hombre actual para ser soportada en las experiencias que conlleva. Nietzsche es lo suficientemente optimista para profetizar la llegada de una nueva especie capaz de asumir este cuerpo que, sin embargo, es ya el cuerpo del hombre. Serán los superhombres.

Freud se limita a tratar de curar - y desespera de lograrlo- a los hombres que trataron de asumir la tragedia inherente a tener un cuerpo, la cual, por cierto, tiene muy poco que ver con la separación entre alma y cuerpo; dicha separación es más bien su denegación, pues una tragedia no tiene por qué incluir elementos de culpa con respecto al cuerpo.
«Desgarrar a Dios en el hombre como el cordero en el hombre, riéndose al desgarrar: ¡Esto, esto es tu felicidad! ¡La felicidad de un águila y de una pantera, la felicidad de un poeta y de un loco! ... » (Así habló Zaratustra, pág. 416, ed. cit.)

NOTAS:

(1) F. NIETZSCHE, Obras completas, 6ta edición, Buenos Aires, 1965, trad. Eduardo Ovejero y Maury, pág. 462, tomo III.
(2) F. NIETZSCHE, 0. c., El ocaso de los ídolos, tomo IV, pág. 449.
(3) F. NIETZSCHE 0 c., Así habló Zaratustra, tomo III, pág. 362.
(4) F. NIETZSCHE, Así habló Zaratustra, pág. 354, trad. Sánchez Pascual, Alianza, Madrid, 1972.
(5) « ¡Ante Dios! ¡Pero si ese Dios ha muerto! Hombres superiores, ese Dios ha sido vuestro mayor peligro. No habéis resucitado hasta que él bajó a la tumba.» 0. c., Así habló Zaratustra, tomo III, pág. 408.
(6) W. BLAKE, Poemas, versión de Agustín Bartra, Bilingüe, Plaza y Janés, Barcelona, 1971, págs. 89 y 93, respectivamente.
(7) F. NIETZSCHE, 0. c., Así habló Zaratustra, tomo III, pág. 304.
(8) S. PABLO, I, Corintios, 12, 24- 25. B.A.C., 1975.
(9) S. PABLO, Efesios, 4, 15- 16, ibíd.
(10) Así ha podido ironizar Klossowski en su novela Le Baphomet sobre el estado de los «soplos» muertos en espera de la resurrección de los cuerpos, atados a la prohibición de determinados orificios del cuerpo, sin atreverse a penetrar en el cuerpo por el ano, olvidando que en el cuerpo resucitado todos sus miembros están igualmente glorificados.
(11) F. NIETZSCHE, 0. c., El origen de la tragedia, tomo V, pág. 84.
(12) Ibíd., pág. 104.
(13) F. NIETZSCHE, 0. c., apéndices al Zaratustra, tomo III, página 446.
(14) P. KLOSSOWSKI, Nietzsche et le cercle vicieux, Mercure de France, 1969.
(15) F. NIETZSCHE, 0. c., El eterno retorno, vol. III, pág. 21.
(16) Ibíd., Así habló Zaratustra, vol. III, pág. 356.
(17) Ibíd., La voluntad de dominio, vol. V, pág. 25 y pág. 305, respectivamente.
(18) En la figura del más feo de los hombres aparece con más claridad, de entre las muchas caras que da Nietzsche al hombre superior, esta faceta corporal.
(19) F. NIETZSCHE, 0. c., Así habló Zaratustra, tomo III, pág. 257.
(20) Ibíd., pág. 381.
(21) Ibíd., pág. 406.
(22) En la traducción de Andrés Sánchez Pascual, recientemente aparecida, se dice «construidos a escuadra».
(23) F. NIETZSCHE, 0. c., Así habló Zaratustra, tomo III, pág. 351.
(24) Ibíd., pág. 323.
(25) Ibíd., Más allá del bien y el mal, tomo III, pág. 502.
(26) G. BATAILLE, L'érotisme, «10/18», pág. 115.
(27) Véase, por ejemplo, el libro de 0. CULLMANN, La inmortalidad del alma o la resurrección de los cuerpos, o también las primeras obras de K. Barth.
(28)Véase su artículo «Le stade du miroir comme formateur de la fontion du Je, telle qu'elle nous est révélée dans l'expérience psychanalytique», en Ecrits, Seuil, 1966, págs. 93- 100.
(29) P. KLOSSOWSKI, 0. C., Pág. 99.
(30) LUDWIG OTT, Manual de teología dogmática, Ed. Herder, Barcelona, 1969, pág. 719.